Abrazados a la Miseria

El Blog de Severino Lorences

Sobre mi blog

Todo escritor es también el primer lector de una obra siempre destinada a otros. Nadie escribe para sí mismo. Asumiré, por tanto, la hipótesis de que estas páginas van a ser visitadas. Es mi blog, pero también el de cualquiera que lo abra. Lo titularé como mi próximo libro: “Abrazados a la miseria”.

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El borroko

1) Increíble pero cierto: en Señales de Humo había un tarado de esos que aún piensan que las buenas causas son defendibles con métodos inicuos. Al pobre imbécil no se le ocurrió otra cosa que ensuciar con amenazas las paredes del inmueble donde vive Cerezo. No sólo es que nada justifique una tropelía así, sino que, en un estado de derecho, todo enfrentamiento público ha de ajustarse a unas pautas de conducta que incluyen, entre otras cosas, un estricto respeto a la vida del otro, a su integridad física, y ello no sólo sensu estricto sino también en sentido figurado o simbólico. (No se puede desear públicamente la muerte de un semejante, quemarlo en efigie, y, mucho menos, proferir amenazas contra él.) En las sociedades abiertas, donde la libertad no es sólo un principio más o menos vago, o un tema objeto de ardientes discusiones filosóficas, sino una facultad susceptible de ser ejercida, el espacio público que el reconocimiento jurídico de esa facultad crea es un bien fundamental no sustituible por otro.

Para enfrentarse a un orden de cosas injusto en el seno de una sociedad abierta, es preciso aparecer ante los demás, solicitar su atención, hablar ante la invisible asamblea de los conciudadanos, señalar los males y sugerir o proponer los remedios; nunca es lícito apelar a la barrabasada, porque la barrabasada de palabra u obra, al ser amenazante para la integridad física de las personas, ejerce coacción sobre ellas. No cabe concebir un atentado mayor contra el nervio mismo de la libertad y una vulneración más flagrante de las reglas que constituyen y protegen el espacio público.

Oponerse a un mal o defender un bien de manera pública exige tener en consideración que males y bienes hay muchos y que guardan entre sí cierta jerarquía. El espacio público —como digo— es un bien de orden superior. Que el Atlético de Madrid está en poder de unos individuos que lo arruinan y destruyen es algo tan obvio para muchas personas, entre las que me encuentro, que ni siquiera parece materia opinable (los hechos que confirman esa ruina y esa destrucción son abrumadores). Pero sería preferible que el club siguiese en las mismas manos o que incluso, como consecuencia de tan calamitosa administración, llegara a desaparecer, a que, para evitarlo, hubiera que recurrir a intimidar a un prójimo. Porque aunque tal delito garantizase la supervivencia del Atlético de Madrid, supondría también la contaminación, la perversión y el eventual hundimiento del espacio público. No se apela al terror sin pagar un alto precio y sería deseable que los que no siempre ven con repugnancia este tipo de desafueros, por carecer de la suficiente sensibilidad ética, fueran al menos capaces de entender las razones políticas para mantenerse en guardia contra toda especie de violencia en la vida pública. Si en una discusión admitimos los revólveres, al final las balas sustituyen a los argumentos. (Y aun cuando no fuese así y no corriera la sangre, el diálogo degeneraría en interrogatorio o en monólogo expectorador de órdenes.) Señales de Humo siempre ha postulado que la oposición a los Gil y a Cerezo debe llevarse a término mediante un uso civilizado de la palabra, que apele a la conciencia de los aficionados, no a sus bajas pasiones, sin perjuicio, eso sí, de acudir a los tribunales cuando pudiera haber indicios de delito en la gestión del club.

2) Aquí hay una víctima: Cerezo, que merece apoyo y solidaridad; y un agresor cuya fechoría nunca repudiaremos lo suficiente. Pero también hay unos damnificados colaterales: los ex compañeros del borroko, que no sabían que lo era y sobre cuya acción pública ha comenzado a caer un fácil descrédito. Y no deja de ser irónico que una plataforma disidente (la única que se ha atrevido hasta hoy a enfrentarse a los amos de la entidad), con cuatro años de ejecutoria intachable a la espalda, haya pasado del perfecto anonimato a la chusca celebridad que usufructúan algunos malhechores.

Aunque era previsible que tal cosa sucediese. Cerezo y los medios de comunicación que apuntalan su desastrosa presidencia han aprovechado este penoso y demencial incidente (obra de un individuo aislado, en todos los sentidos de la palabra) para arremeter contra Señales de Humo, recurriendo a su arma favorita: el embuste. Cerezo ha afirmado que los autores de las pintadas eran dos miembros de la junta directiva de la Asociación. (En las fotos de las pintadas aparecen dos sujetos, pero sólo uno de ellos pertenecía a Señales.) No se trata de una simple inexactitud, sino de una flagrante mentira cuyo móvil es paladino: dos es mucho más que uno más uno; dos es un plural, dos es multitud; mediante ese falsísimo dos, confía Cerezo en extender el alquitrán de un acto ruin a todos los miembros de la plataforma, corresponsabilizándolos de su comisión. (Algún locutorcillo ha llegado a pedir a Antiviolencia que actúe contra Señales, olvidando que el asunto ha concluido del mejor modo posible: con la detención del presunto autor de los hechos y su puesta a disposición del juez, cosa que rara vez sucede con los ultras que infestan el estadio y cuyo vandalismo impune no se puede explicar sin el desistimiento del club y la tolerancia de buena parte de la prensa, como poco).

3) El presidente del club colchonero contrapone diálogo a violencia, sí, pero privatiza el diálogo, hurtándolo a la mirada pública. Cerezo ha dicho que todo se puede solucionar "hablando en una mesa como gente civilizada". (¿Dónde habré oído eso antes?) Cerezo da a entender dos cosas: que no es como los salvajes de Señales de Humo, los cuales se congregan alrededor de una fogata, al igual que los pieles rojas del Far West; y también que, si Señales fuese proclive al diálogo con él y Gil Marín, se acabarían los diferendos y todos nos pondríamos a remar en la misma dirección.

Los problemas que tienen una dimensión pública, nunca deben ser solucionados mediante graffitis insultantes a cargo de gamberros con pasamontañas, pero soy de los que opinan que tampoco admiten el arreglo en petit comité.

Por eso, después de repudiar las pintadas de las que ha sido objeto, hemos de decirle al presidente del Atleti que no basta con ser víctima para tener razón y obrar con rectitud y que se equivoca de punta a cabo si espera que sus patrañas y torpes maniobras queden cohonestadas por las amenazas que sufrió. Si cree que los periodistas camanduleros (los que escriben o peroran a su dictado) lograrán que la voz de Señales suene a gruñido de hooligan, comete otro error mayúsculo. Y si él y Gil Marín aspiran a desactivar a sus detractores sin cambiar de política y de conducta, pierden el tiempo. El acto infame de un borroko no va a dejar al club inerme y a merced de sus ocupantes.

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