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El equipo huérfano

Hablaríamos del partido de ayer, pero no nos apetece. Hablaríamos de lo visto ayer en el Calderón, pero nos da vergüenza. Haremos de tripas corazón, a ver si vale de algo al menos.

Foto: marca.com Foto: marca.com

No apetece, no apetece hablar de lo de ayer, no. Uno preferiría olvidarse de la imagen del equipo y de la afición y de la entidad y de los jugadores, pero quizás no sea bueno olvidar ciertas cosas ni mirar para otro lado, que demasiadas veces se hace y demasiada gente lo hace. Ayer vivimos otro bochorno en rojo y en blanco, esta vez en directo para toda Europa, así, ni más ni menos. Duele como el primero. Por más que fuera previsible y que sea algo repetido, duele aún como los anteriores si no más. Y uno vuelve otra vez a casa con cara de tonto y ganas de terminar con todo esto de una vez, y con miedo a que el domingo el equipo vuelva a ser humillado y que no pase nunca nada y que aquellos que están pudriendo el club por dentro sigan haciendo y deshaciendo ante la pasividad de unos y otros.

Podríamos hablar de la penosa imagen del equipo, o de lo triste de una grada silenciosa, o de la intolerable mala educación de la policía española hacia aquellos que, como un servidor, tienen cara de informático de las Midlands. Podríamos hablar de lo afable de la afición del Bolton en los bares de los alrededores del estadio, de la magnífica organización del viaje por parte de su club, de lo bien que hablaban de Madrid y de su cerveza y sus restaurantes. Podríamos hablar de tres mil quinientos tipos que se mueven un jueves para ver su décimo quinto partido internacional en cien años (si es que no me han engañado) y que salvo alguna rara excepción no vista en primera persona se comportaron de manera excelente. Podríamos comentar cómo se recibió a Iván Campo y de lo pesadísimo e irritante que puede llegar a ser Diouf. También podríamos hablar del juego tosco de los ingleses, de su defensa como única razón de ser, de sus medio centros de metro noventa y cien kilos y de su renuncia al ataque, sí, también, pero no apetece.

Ya puestos, podríamos hablar de las ganas que le entran a uno de agitar a Luis García cada vez que a éste le da por hacer tirabuzones donde se requieren líneas rectas, o de la irritación que produce ver a Cléber reclamando movimiento de sus compañeros, quizás para disimular su incapacidad para mover a un equipo que se enfrenta a un grupo de estibadores. Podríamos hablar de los corners lanzados por Jurado una y otra vez, flojitos y justo al sitio en el que la defensa inglesa podía despejar con toda la comodidad del mundo, o de la ausencia total de recursos de un equipo vendido como una de las próximas maravillas del mundo. Podríamos hablar también de la cómica subida al remate del bueno de Abbiati, y de lo que le pudo pasar por la cabeza cuando vio que sus preclaros compañeros aprovechaban la subida del portero para jugar un corner en corto. Podríamos preguntarnos si la lesión que sufría Luis García cuando falló un gol cantado era imaginaria o real, si la superpoblación de zurdos en la banda derecha del Atleti responde a un desplante del entrenador o es un mensaje velado en vista de las próximas elecciones. Podríamos comentar incluso la conveniencia de que Maxi, que quiere pero no puede, pase unas semanas de descanso para encontrarse consigo mismo. También podríamos preguntarnos, ya puestos, si la sensación de despertar en Reyes que vimos ayer era un espejismo o era real, si Forlán va a necesitar tratamiento tras convivir con esta plantilla unos meses más, o si una defensa en la que Pernía parece el más entonado una defensa seria. Pero no apetece, al menos a mí no me apetece, no sé a Vds.

Porque ayer vimos cómo por la boca del vestuario salió un equipito huérfano, perdido, sin rumbo y sólo encomendado a la piedad y la fortuna. Sin referencias en lo personal cuando no juegan todos los buenos jugadores del equipo, que sólo son cuatro o cinco (Agüero, Raúl, Simao a ratos, Maxi a ratos y siempre, siempre Forlán), el equipito huérfano no sabe qué hacer y mira a la grada asustado y asustado mira también al equipo de enfrente, formado en buena medida por suplentes de un equipo que lucha en la Premier por no descender. Tanto da, poco importa que muchos de los jugadores del equipito huérfano sean o hayan sido internacionales y cobren fortunas, qué más da eso ahora que nos enfrentamos a unos ingleses altísimos que han venido con tres mil (¡tres mil!) aficionados que les apoyan. No sabemos jugar, no tenemos ideas, no sabemos qué hacer para salir de este mal trago. El equipito huérfano se siente como nos sentimos los pobres pringados que fuimos a la mili después de haber sido rapados y desprovistos de identidad. Qué hago yo aquí, con lo bien que estaba en casa, ay Dios mío estos ingleses lo que deben correr. El equipito huérfano se hace pequeño nada más mirar al rival y al césped y a la grada y un escalofrío recorre su espalda. ¿Qué hacemos? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué se espera que hagamos? No lo sabemos, ese día no estuvimos en clase, no hay nadie de la casa, nadie que entienda de qué va el equipo, nadie que nos transmita qué coño hacer. Tiramos balones a la olla y los despejan, así que tiramos balones a la olla otras veinte veces a ver si alguna vez no los despejan, porque otra cosa no se nos ocurre. No sabemos qué hacer, no tenemos líder, ni patrón, ni modelo que seguir, no tenemos las ideas claras ni nos creemos lo que nos cuentan en los entrenamientos, no conocemos nuestros sistema porque nuestro sistema no existe, y nadie nos ha explicado cómo jugar contra un equipo plantado atrás lleno de descargadores de pallets de ladrillos.

Asustado y con los ojos vidriosos el equipito huérfano busca con la mirada a su mamá, y mira a la grada. Pero la grada hace tiempo que no está, que no existe, hace tiempo que no pasa las noches en casa sino que anda por ahí en los bares, alternando con moteros como Cher en Máscara, o bien duerme el dulce sueño del opio. La grada, durante un partido importante en el que el Atleti debe ganar un mísero pero importantísimo centímetro que le acerque al remoto lugar que un día dejó de ocupar, se mira a sí misma y no al equipo que busca inmerecidamente comprensión y una palmadita en el hombro. La grada mira a la grada, y la parte de la grada repleta de ingleses mira asombrada también a la grada, y todos se miran entre ellos sin reparar en ese equipito vulgar que sufre porque un inglés grandote no le deja jugar con su balón. La grada pasa, la grada se mira las uñas, la grada refunfuña pero no brama, no regaña ni anima sino que discute internamente, no hace nada que no sea mirar su reloj y apretarse la bufanda y hablar de la hipoteca y pensar en si habrá lío para salir del campo y si no será mejor irse cinco minutos antes. La grada pasa de lo que le pasa al niño, harta y ausente, presa de la depresión y del efecto de los somníferos que la prensa le receta: pastillas que le hacen ver estrellas donde hay jugadores mediocres, píldoras que le hacen ver un futuro brillante donde sólo está el reflejo de un pasado cada vez más lejano, fármacos que le hacen creer que ella no tiene nada que ver con el horrible futuro que espera a su pusilánime hijito, porque lo que a este le ocurra son cosas del destino, cosas inmutables e inescrutables, ya lo ha dicho la vecina, la mujer del Sr Rushmore. La grada consume estupefacientes y deja sus deberes de lado, y ni se ocupa de echarle una mano al niño ni de ponerle las peras al cuarto al padre.

Porque, ausente la grada, uno esperaría que el niño, ese niño tonto que nos ha tocado en suerte últimamente, al menos se girara para buscar el consejo o la autoridad de su papá. Pero su papá tampoco está. Su papá está a lo suyo, a los negocios inmobiliarios y a las cuentas anuales y cuando el niño juega en casa ni va a verle al patio del colegio, sino que se va el tío a dar vueltas por Madrid en un coche tras tomarse un pastillazo, todo un ejemplo. El padre anda por ahí, con unos y otras, con agentes de jugadores que le invitan a su yate, con periodistas que dicen en público lo que él quiere oír a cambio de invitarles a comer, con alcaldes que le digan lo que tienen que hacer para forrarse aunque sea a costa del futuro del niño. Como ni le importa el niño ni la madre ni nada que no sea su propio ombligo, el padre se dedica a hacer lo que le da la gana, eso sí, sin que se note mucho, que si algo ha aprendido de su doble vida es que a los clandestinos se les coge más tarde. Así que tiene un escudero, igual de culpable que él pero más torpe si cabe, que se dedica a encubrirle y contarle milongas a la madre y al niño: papá está ocupadísimo, trabajando por vuestro bien, no os preocupéis que todo va bien. Padre y escudero, mientras tanto, han dilapidado la fortuna familiar, han vendido la casa y la joya que les podía sacar de pobres y han comprado a cambio unas baratijas a la grada y un caballo de cartón para sacarlo al césped. Pero cuando les preguntan cómo es que el niño saca tan malas notas y va tan mal peinado no hace otra cosa que repetir la misma cantinela, el mantra que por repetido y por monótono algunos ya se han creído al menos veinte veces durante veinte otoños: que este año sí, que este año en Champions, que hemos gastado mucho y fichado bien, que el entrenador es bueno.

El Atleti va sin rumbo desde hace tiempo, y de nada vale pensar que no es así ni mirar para otro lado en nombre de la afición elegida que siempre anima. A veces da la sensación de que podemos hacer carrera de él y con tres victorias seguidas se nos olvida, al primero al que suscribe, que sus problemas son profundos y no se solucionan con una ducha y una cena caliente. Ayer volvió a dar, esta vez ante Europa, esa imagen de yonqui con chándal verde que no tiene ni idea a dónde va, ni cómo, ni para qué. Otro bochorno para una institución centenaria que no se merece el maltrato interno, ni los oídos sordos de la prensa, ni los silencios cómplices de los medios, ni los guiños interesados de las autoridades. La única esperanza es que la grada se desenganche de su adicción, que tome cartas en el asunto, que coja a su inmoral marido por las solapas y le expulse de casa a golpe de rodillo de amasar. El sueño que duerme la hinchada es profundo, y la propia hinchada prefiere pensar artificialmente en tiempos mejores que no llegarán, algo más fácil y placentero que espabilar y remangarse y coger por los cuernos el toro que se nos viene encima y que vemos llegar desde hace ya años. La pregunta es si la droga es lo suficientemente fuerte y si la afición, la que se llama mejor afición del mundo, la que se mira el ombligo y no mira al palco, se dejará embaucar un año más por nueve fichajes engordados con clembuterol mediático, por promesas de enmienda que nunca llega, por las voces de sirénidos (léase manatíes) que escupen desde los medios las virtudes de los gestores.

Por el bien de todos, esperemos un cambio. Drástico, rápido y profundo. Si no, poco futuro nos espera.

URL de la noticia: http://elrojoyelblanco.blogspot.com/2008/02/el-equipo-hurfano.html

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