Llegó el Atleti a Barcelona anunciando un duelo de leyenda y volvió en ave, sin valor para levantar la mirada y cruzársela con la de un aficionado y con un saco lleno de dudas y de reproches y de deberes y de motivos para no querer saber nada del tema al menos en dos semanas. Menos mal que hay parón.
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Hay días, ya me entienden Vds, en los que es mejor buscar algo que hacer para evitar darle vueltas a la cabeza y pensar por qué pasó aquello y por qué no pasó eso otro y por qué fulano no hizo lo que uno habría hecho en su lugar. Entre las muchas cosas que uno puede hacer está irse a comer por ahí a un restaurante, que es lo suyo cuando uno no tiene ganas de cocinar o no sabe o no tiene tiempo para hacer eso que a uno le apetece comer. Esa es una posibilidad, claro, pero no es la única. Uno puede ir a un restaurante, pero también puede ir a un restaurán.
Un restaurán es similar a un restaurante pero no es exactamente lo mismo. En un restaurán la comida es casera y el mantel es a veces de papel, y si hay terraza al mantel se le ponen unas pinzas para que no se vuele. Mientras que en un restaurante uno elige el vino, en el restaurán el vino se elige sólo y viene en una frasca y acompañado por una botella de gaseosa, si hay suerte de esas con tapón con una palanca metálica. En el restaurán el camarero le atiende cuando él quiere y no cuando quiere el cliente, y suele ser mayor y llama de Vd a los clientes de siempre, que se despiden dándole palmadas en la espalda y diciéndole que hasta pronto. En el restaurán casi todo el mundo pide lo mismo, que es la especialidad del restaurán, y cuando sale la cocinera un camarero mayor y con galones hosteleros le dice a un cliente mire, esta es la señora que hace los callos. Los restauranes no tienen estrellas michelín ni falta que les hace, y mantienen la misma decoración durante años; de hecho cuando el restaurán tiene la mala fortuna de caer en manos de un hijo del dueño que viajó a Nueva York ve como su friso de azulejos y su barra de superficie metálica con su cañito de agua perenne desaparecen y se convierte en una tasca de diseño; y diseño y tasca son conceptos que no casan bien, y el restaurán se queda en nada y pierde la clientela salvo a la muy fiel, que sigue yendo sin ganas, sólo por no hacerle un feo al padre aunque esté en el otro barrio. Los restauranes también responden al nombre de casas de comidas, que es un nombre precioso por lo de casa y por lo de comida, y huelen a puchero y a día de invierno en el que uno quiere extender la sobremesa. Si el dueño es del Atleti y el restaurán tiene un escudo roñoso tras la barra uno sabe desde el primer día en el que entra que ya ha encontrado el sitio en el que pasará muchas horas de charla y pan mojado en salsa y flan casero, su restaurán de cabecera, su lugar en el mundo.
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Después de unas horas y en algunos casos después también de la digestión de un plato de gallina en pepitoria, parece que la afición aún no sabe cómo tomarse lo de ayer. Uno no recuerda muchos partidos en los que al Atleti le hayan metido seis goles, y de hecho sólo quiere recordar dos, y los dos recientes (uno demasiado reciente) y los dos contra el mismo equipo. El primero fue un bochorno histórico por cómo ocurrió y por dónde ocurrió pero sobre todo por lo que no ocurrió; el de ayer fue un nuevo bochorno que tiene el agravante de caer como una ducha helada en el momento en que el equipo parecía haber empezado a entender lo que supone ser un equipo de los grandes, un equipo de esos que juega para ganar y que no permite que se le gane si no es pasando miedo y mirando de reojo al reloj.
A uno le gustaría empezar la crónica con eso de salió el Atleti, pero es que no ha lugar. El Atleti no salió, y si acaso salió un sucedáneo que ni siquiera salió. Al campo saltó un equipo que dijo al árbitro que quería cruz y no cara con un hilito de voz, asomando un poco las antenas antes de meterse de nuevo en lo más profundo de su caracola. No seríamos justos si no dijéramos eso de que el partido de ayer no vale para medir a nadie, que con tres goles en ocho minutos no hay ni partido ni nada que se le parezca, porque todo eso es cierto. Pero está claro es que el equipo no supo sobreponerse a la adversidad y que la afición nunca tuvo la sensación de que se podían salvar los muebles y de paso la imagen. Aquél que llegó a pensar que lo del Sevilla fue ese día tonto que todos los equipos tienen en cada temporada ayer empezó a pensar que quizás la cosa sea más preocupante.
En tres minutos el Barça remató a puerta en un corner y marcó un gol. Otra vez a balón parado, otra vez la sensación de que cada jugada a balón parado desde la banda es una invitación al desastre, otra vez la intuición de que el portero pudo hacer más. Dos minutos más tarde, un penalti innecesario o poco inteligente de Ujfalusi, ayer merecedor de una crítica severa por primera vez desde que le hemos visto vestido de rojo y blanco. Poco después, un ridículo gol de falta, el gol de falta que los de octavo metían a los de sexto cuando les tocaba jugar juntos en los campeonatos escolares. Tres cero en ocho minutos, la carambola hecha regla, el peor inicio que uno recuerda en un partido del Atleti.
Pasó algo luego más importante que la fatalidad de los primeros minutos, más imperdonable aún que los despistes. Maxi marcó poco después un golazo para salir en los cromos que no valió para nada más que para añadir un lesionado a la lista de jugadores importantes que no pueden aportar al equipo cuando más falta hace. Y pudo y debió haber valido para mucho. Debió haber servido para que los jugadores del Atleti pensaran que el desastre era evitable, que quedaban ochenta minutos para meter dos goles o al menos para intentarlo, para apretar los dientes, para meter el miedo en el cuerpo en la afición rival y recordarles que el que estaba allí era el Atleti y no un equipo de juveniles con despistes garrafales. La afición, con los brazos caídos tras diez minutos cantó el gol con ese grito seco y ronco que celebra el deber cumplido y la vuelta a la pelea, esa celebración sin alegría que tanto miedo infunde en el rival. Pero el problema era otro, el problema estaba ahí por más que un fogonazo de fe hubiera iluminado las casas en las que se reunían los seguidores colchoneros. Pocos minutos después Etóo recibía un balón cómodo entre los centrales del Atleti y marcaba un gol tras un recorte y de paso minaba el centro de la defensa de dudas y cejas arqueadas.
A estas alturas parece que vale de poco valorar el despliegue del Barça o el horroroso peinado de Iniesta ni el pobrísimo partido de Agüero, aislado en la delantera como ya le ha pasado a algún otro jugador de nivel mundial en este mismo equipo hace poco. Tampoco parece que ayude volver a recordar la poca aportación de Sinama, ni de Luis García ni del centro del campo en general, ni la feísima entrada de Antonio López sobre Messi. Ni hablar del mal partido de los centrales, que esto sí que es preocupante, ni las enormes dudas, ya casi dudas metódicas, que levanta Coupet aprovechando que es paisano de Descartes. Lo verdaderamente pertinente ahora que ya todo el mundo ha dicho todo es reflexionar por qué le pasan estas cosas a este equipo, por qué el Atleti, un equipo de Champions con ínfulas de aspirante a todo se lleva seis goles en un partido cuando lo normal es que ninguno de aquellos con los que supuestamente se va a jugar las habichuelas este año reciba tal saco de goles. ¿Alguien entiende por qué un equipo con el historial y la plantilla del nuestro termina desplumado como unos juveniles? ¿Le pasaría lo mismo a otro equipo grande español o europeo, o incluso al Atleti del que nos acordamos los que gustamos de contar batallitas?
Que el Barça marque tres goles en ocho minutos es claramente infrecuente, pero puede ocurrir. Lo que no es de recibo es que a partir de ese momento el Atleti se comporte como su propio filial cadete, y eso que uno duda que un equipo cadete con pocas ganas de que se rían de él hubiera plantado menos cara. La reacción lógica en caso de que uno se encuentre con un regalo como el de ayer es relajarse, tomarse un tiempo para frotarse los ojos y tomar precauciones para evitar que el rival le dé la vuelta a la tortilla en caso de excesivo triunfalismo. Ayer no fue así, ayer el Barça se encontró con que le era más sencillo atacar y atacar que pensar en que el rival podría revivir, le resultó más lógico intentar meter catorce goles que ser prudente porque sencillamente no hacía falta serlo. El Atleti bajó los brazos, algo entendible si se les exigiera remontar el partido y ganar según se habían puesto las cosas pero no tan descabellado si se tiene en cuenta que lo que el aficionado cabal pedía a la altura del minuto diez de partido sólo era salvar la cara, hacer honor a las rayas y evitar el bochorno con el que los que presumimos de escudo nos hemos echado hoy a la calle.
Curiosamente cuanto uno escucha hablar a alguno de los sexagenarios (o más) caballeros que vestían la misma camiseta que ayer se lució en Barcelona acompañada de un pantalón y unas medias rarísismas tiene la sensación de que estas cosas no serían así si éstos tuvieran algo que decir en la errática política del Club. Que la plantilla no era suficiente para disputar con garantías liga y champions parecía claro, pero ha quedado demostrado a la altura del segundo mes de competición. El Atleti parece enfrentarse al mismo síndrome sufrido por la Real Sociedad o el Mallorca, equipos admirables que vieron como una temporada triunfal se veía seguida de un año complicado por no poder hacer frente a todas las competiciones. Pero el Atleti no es un equipo que llegue por primera vez a Europa, aunque eso no lo sepan los que toman las decisiones. Los que saben lo que supone ser referencia en España y fuera, los que jugaron en el Atleti que los europeos recuerdan entre neblinas por lo largo de la ausencia no están en el Club, o como mucho están en fundaciones, y los que hacen las plantillas no tienen ni idea de esto.
La sensación que ayer transmitió el Atleti fue la de un equipo sin alma, la de un grupo de tipos que tras la ducha se irían charlando sobre cuánto corren sus coches sin entender ni de lejos qué siente la afición hoy. Resulta irritante pensar que esos jugadores antiguos que últimamente iluminan las tertulias con su saber estar y su apología pública del colchonerismo no habrían dejado que pasara lo que pasó ayer a pesar de sus modales impecables y su sentido de la deportividad. Al Atleti de hoy le falta lo que antes le sobraba: jugadores que entiendan al Club, que sientan como propio el bochorno de ayer, que se emocionen al ver un roñoso escudo del Atleti tras la barra de una casa de comidas, las casas en las que hoy hemos comido los aficionados avergonzados.
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