Ayer se jugó en el Calderón un partido poco trascendente y de poca calidad, con poca gente en las gradas y poco interés deportivo. Y, a mi, estos partidos me gustan.
Al que suscribe, qué quieren que les diga, estos partidos de las primeras eliminatorias de copa siempre le han gustado. Partidos aburridos, malos, con poca gente en la grada, con muchísimo que perder y muy poco que ganar, partidos contra rivales desconocidos vestidos de colores que a uno le sorprenden. Partidos en los que lo normal es salir enfadado, como mucho indiferente, partidos para olvidar que, para sorpresa de muchos, no se suelen olvidar.
Uno entra en el Calderón en estos partidos como entra por su casa; entra tranquilo y posiblemente tarde, saludando, reconociendo caras y levantando las cejas. Hombre, qué tal, cuánto tiempo, pues ya ves, aquí, hoy toca partido en familia, a ver qué hacen estos. A ver qué hacen estos es el saludo que emplean los colchoneros para decir algo mucho más complicado, esto es: yo, como tú, no tenía ganas de venir a este partido, me venía mal y voy de corbata, pero el Atleti es el Atleti y me resulta muy raro quedarme en casa en día que juega el Atleti en el Calderón. Así que aquí estoy, temiéndome lo peor pero incapaz de no asistir a ello, como tú, y en el fondo me alegro de ello y me alegro también de verte, tanto como me alegrará verte en un futuro no muy lejano en alguna ciudad española jugando una final de copa o en alguna ciudad europea siguiendo al equipo en esos desplazamientos soñados, y me alegrará verte a ti más que a muchos otros más ruidosos y más protagonistas. Porque tú entiendes este bendito club de la misma manera que yo, y ese es nuestro problema y también nuestra bendición. Y, problema o bendición, lo importante es que es nuestro, que nadie nos obliga a ello, que lo hacemos porque queremos y que nadie podrá nunca quitarnos lo que significa. Eso, a ver qué hacen estos hoy, responde el compañero de fatigas.
En los partidos chicos la grada está casi vacía y en los asientos contiguos no se sientan muchos de los que se sientan siempre. A la derecha no está ese señor que va con su hija desde que esta llevaba coletas - y ahora lleva tacones de vértigo y se gira media grada cuando se levanta a quitarse la chaqueta - y a la derecha no está esa panda de amigos que van siempre tan abrigados. En estos partidos no, en estos partidos hay un grupo de estudiantes de Erasmus que llegan alicorados y con ganas de que el partido sea un festival de goles, los pobres, y hay también tres o cuatros seguidores del equipo visitante que nunca habían venido al Calderón y que hacen fotos de todo lo que pasa. Son buenos partidos para ser amable con el visitante y también para sentarse cómodo, sin apreturas, sin mirar el número del asiento, sin asistir al ritual de los que llegan tarde y piden paso a los que están ya sentaditos ni de los que buscan sin éxito su sitio: oiga que ese es el mío, ni hablar que lo pone aquí, mire la entrada, serán en otro sector, que no señor que yo llevo aquí toda la vida, lo puede decir esta señora que me conoce desde que hice la mili, así es, bien guapo que estaba rapado y no como ahora, que parece un pobre, pero oiga señora, ¿yo qué le he hecho?
Los partidos de copa en el Calderón tienen el aire familiar y educado que muchos partidos grandes ya no tienen, no me lo negarán Vds. Ya saben que cuando viene el Barcelona o el otro equipo grande de la capital se llenan las gradas de desconocidos que no ven el fútbol como el resto de la grada, grada que ya se conoce y poco a poco, tras muchos miércoles fríos de copa y muchos domingos tristes de empates contra el colista ha terminado por entenderse y respetarse y ver el fútbol de manera similar, cada uno con sus filias y sus fobias pero sabiendo hasta dónde llegamos todos. En los partidos grandes no, llegan los nuevos y hay un ambientazo y se habla a voces pero a uno casi le molesta que haya tantísima gente, tan poco espacio, tanto lío. Yo era ahí pero me he puesto aquí que he venido con el chiquillo, no le importará cambiarse, yo me cambiaba encantado pero es que en ese sitio libre se sienta un señor muy serio que creemos que es de Las Matas y suele llegar un poco tarde y no es cuestión de hacerle mover, mire, precisamente por ahí llega.
En los partidos grandes cuesta encontrar el sitio de cada uno en el mundo, y si uno tiene mala suerte le toca al lado un nuevo con la espalda de la anchura de un ford fiesta y pasa un mal rato en ese asiento tan estrecho. Pero es aún peor si el vecino de localidad es un exaltado, uno de esos que se levanta todo el rato mientras el balón está en juego, uno de esos que ve manos negras tras cada decisión, ve conspiraciones donde el resto vemos errores, ve razones para fusilar al entrenador donde el resto vemos un pase mal dado. Llega tarde el defensa rival y derriba a nuestro interior izquierda y el recién llegado se levanta y extiende los brazos y dice hijoputa. Sube el delantero rival y nuestro lateral derecho le siega las piernas y el árbitro pita una falta justa y el recién llegado se levanta y extiende los brazos y dice hijoputa. Hace el entrenador un cambio para darle más profundidad al equipo y el recién llegado se levanta y extiende los brazos y dice hijoputa. Sube por la grada el señor de las cocacolas y el recién llegado le pide dos cervezas y el señor le dice que son sin alcohol y el recién llegado se levanta y extiende los brazos y dice hijoputa. El recién llegado dice hijoputa pase lo que pase y termina por amargarle a uno el partido con tanto levantarse y tanto insultar y tanto dar voces en mal momento, y también le hace a uno pedirle a San Judas Tadeo que no haya cerca del sitio donde nos sentamos alguno del equipo rival que vaya a pensar que en la afición del Calderón somos todos tan brutos y tan maleducados y que a la mínima que pase, justa o injusta, grave o leve, equivocada o no, nos levantamos y extendemos los brazos y decimos hijoputa.
En estos partidos chicos la grada espera poco del partido y se entretiene hablando de cómo está la familia, de cómo se presenta la crisis y hasta de si la casa Forlady desapareció o sigue haciendo muebles de cocina. La grada espera, eso sí, ver a los suplentes, a los canteranos, a ese jugador que uno piensa que por qué no tiene más oportunidades, a ese lateral del que tanto hablan y a ese delantero larguirucho que jugó el Europeo Sub-19 el año pasado. Ayer la grada quería ver si Camacho es tan regular como aparenta, si es verdad que Domínguez no se pone nervioso, si Miguel de las Cuevas es capaz de jugar un partido entero a un buen nivel, si Banega es el fino centrocampista que se intuye tras las capas de inexperiencia que tapan su brillo, si Luis García luciría con su fútbol de salón contra un rival débil o si Sinama merece más minutos. Y lo que la grada vio es que efectivamente Camacho juega siempre al mismo nivel sea contra el Liverpool o contra el Orihuela, un nivel que le debería dar minutos. Y que efectivamente Domínguez parece cómodo en su puesto, sin alardes ni líos. Pero también vio que las dudas sobre Miguel de las Cuevas se agrandan, tras comprobar que no consigue aprovechar las oportunidades. O que Banega, que ayer debería haberse hinchado a regatear y pasar y sentar cátedra anda despistado, desganado y desubicado. Que Luis García, con quien la grada la ha tomado y entendemos por qué, no brilla ni en partidos en los que debería deslumbrar. Y que Sinama, ayer excesivamente fallón y desafortunado, no parece el recambio de garantía que la delantera necesita.
También vio la grada que Coupet tiene ganas de hacerse con el puesto titular y que Pablo tiene ganas de volver a ser futbolista. Comprobó que a Pernía, aplaudido al principio y ovacionado con sorna cerca de un corner en el segundo tiempo, la grada no sabe si respetarle o no; eso la grada, que el que suscribe lo tiene claro y además le sentó como un tiro eso de corear burlonamente su nombre ayer. También vio la grada a un Forlán impreciso y enfadado con el mundo y se quedó preocupada. Y vio a Seitaridis tirando a puerta, evento asombroso que sólo ocurre en víspera de partido internacional de Grecia o de eclipse solar. Y vio, rabiosa e impotente, cómo el Atleti con casi todo, esto es, con Forlán y Maxi y Maniche y Simao no le hacía un gol al Orihuela, al Orihuela oigan. Esto vio la grada y, con razón, se cogió un cabreo de mona, un cabreo de brigada de infantería, un cabreo de Agustín González haciendo de cura. Y lo entendemos.
En los partidos íntimos como el de ayer hace más frío. Y es que ayer éramos pocos, éramos diez o doce mil, los diez o doce mil de tantos y tantos partidos de primera eliminatoria de copa, Vds ya saben quién son. Ayer por no estar no estaba ni Indy, a quien el Convenio Colectivo de Mascotas de Peluche Apolilladas le impide trabajar en miércoles, cosas del Estatuto del Trabajador Disfrazado. En días como el de ayer hay menos gente, menos estufas a 37 grados repartidas por la grada, menos calor. El atlético de pro, que lleva muchos años limpiando con los pantalones los asientos que la directiva no limpia con una escoba (especialmente sucios ayer, por cierto) sabe que por mucho que se abrigue uno, en tarde-noches invernales en el Calderón se conserva el calor hasta el minuto 20 del segundo tiempo. A partir de entonces la humedad, la noche y el viento hacen el resto, y la nariz de los asistentes anuncia que el frío empieza a ganar la batalla a la lana y el gore-tex. Si, como ayer, el final del partido no contribuye a la temperatura corporal, el resultado ya lo saben. Sobre todo lo saben diez o doce mil tipos con cara de sueño y el bolsillo lleno de aspirinas a los que ayer les quedó claro que estos partidos tan horribles, en el fondo, son estupendos cuando se juegan en el Calderón.
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