Con un frío a caballo entre lo horroroso y lo insoportable jugó el Atleti un partido que acabó en goleada pero que pudo no acabar así. Y es que el Racing, mucho tiempo con diez, hizo un partido de mérito y Forlán, que hizo casi más que los otros diez, más.
El Calderón en día de invierno es todo un desafío para la ropa de abrigo y para el cálculo volumétrico. Cuando el aficionado, convenientemente embutido en capas y capas de tejidos calentitos, se sienta en su asiento de siempre lo primero que nota es que éste ha menguado. O que el vecino ha engordado. O que él ha engordado. El Calderón, que nunca tuvo asientos business class, se queda estrecho cuando la afición en pleno saca del armario camisetas, jerseys de lana, chalecos anti-humedad, plumíferos, chaquetones de gore-tex, guantes de nieve, bragas de forro polar, gorros de estibador y orejeras de peluche. Perdone, ah lo siento, es que no cabemos, póngase Vd ahí, le noto a Vd más gordo, mire que si me da a mi por acordarme de su padre de Vd tenemos aquí un disgusto, bueno, no se ponga Vd así, hombre, es que el comentario tiene guasa, no me dirá.
En pleno partido gira el aficionado hacia la derecha para ver un desmarque de Forlán y sufre tortícolis al intentar seguir el contraataque rival, obstaculizado en su giro de 180 grados por el vecino de localidad quien, ya de por sí orondo, se ha vestido con traje ignífugo, casco de apicultor y chaleco salvavidas. Se levanta de un brinco un hincha porque le ha sonado el móvil y por toda la grada se oye "¡pop!", el sonido que hace al abrirse el cerrojo de alambre de las gaseosas. El aficionado atlético, que llega al campo luciendo estampa y andares de pingüino emperador y multiplicando tres veces su volumen normal, habla girando todo su cuerpo, y no solo el cuello, para evitar abrir rendijas en su equipamiento por la que pueda entrar una traidora ráfaga de aire helado, gentileza de algún lanzador de cuchillos meteorológicos. El aficionado sabe que al principio parece que no es para tanto, pero que al llegar el medio tiempo dará saltitos para ver si ahí siguen los dedos de sus pies y que cuando queden veinte minutos la punta de su nariz y sus rodillas le avisarán sutilmente de que la capa protectora traída desde casa empieza a hacer aguas. Esos días de frío en el Calderón son no obstante días importantes para alguno en especial, días para que el que siempre es centro de la mofa busque fuerzas en los momentos bajos, días para que el que siempre vuelve a casa preguntándose por el sentido de la vida lo haga con sonrisa de triunfador y mirada de Carlos Gardel. Porque esos días, sólo esos días y por mucho que les extrañe a Vds, más de uno y más de dos, aunque sea por un brevísimo espacio de tiempo, desearían ser Indy.
En medio de una noche gélida pues, salió el Atleti al Calderón pero no se ganó que se hable de él hasta dentro de un par de párrafos, que por ahora hablaremos del Racing. Salió el Rácing de verde y negro, que así es más Racing que el Racing que salió el otro día en París, y marcó al poco tiempo gracias a un penalty tonto, y ya van varios, de la defensa del Atleti. Esta vez fue Heitinga el encargado de llevar las flores y los bombones al rival, y tanto se enfadó la grada que uno supo de inmediato que el árbitro, que como casi todos los árbitros fue malo y además estuvo orgulloso de serlo, acabaría por echar a un tipo del Racing para compensar. Y así lo hizo, pero no lo hizo para compensar sino por justicia, porque la entrada de Navas sobre Assunçao fue de esas que hacen que los bares en pleno griten uff y oojj y vaya tela y qué animal, y que las señoras se tapen los ojos y que los lesionados en ligas municipales cuenten con todo lujo de detalles cómo ellos, protagonistas durante un cuarto de hora de gloria, fueron lesionados de igual forma. Desde la grada la entrada pareció al tobillo y criminal, y en la repetición de la tele pareció a la rodilla y doblemente criminal; tanto, que a estas alturas nadie se explica cómo Assunçao siguió jugando, el tío.
Se quedó con diez el Racing y esperando el chaparrón tras el empate maravilloso de Simao, y fue ahí donde se ganó el derecho a encabezar la crónica. Jugó el Racing muchos minutos con diez y cualquiera diría que estaba con once, y eso a pesar de haber jugado UEFA el jueves. Ordenado y agresivo en la presión, puso en apuros siempre al jugador atlético que sacaba el balón desde atrás y obligó a los locales a pegar patadones hacia adelante. Con dos delanteros rápidos y pequeños, Munitis y sobre todo Pereira, se encargó de aparecer por el área del Atleti con más peligro del que uno podría esperar viniendo de un equipo con un jugador menos. Si bien no tuvo la pegada necesaria para llevarse el partido, sí pareció controlar el medio campo y se mantuvo fiel a sus ideas. Esto, quizás suicida, es de agradecer en los tiempos que corren aunque haya quien diga que, a la postre, el Racing, a pesar de que hizo un buen partido, acabó llevándose cuatro goles y figurando en las estadísticas al mismo nivel que otros equipos menos audaces y con menos mérito que han pasado este año por el Calderón. Así que, desde aquí, nuestros respetos a los de verde.
El Atleti, piensa uno, fue otra cosa. El brillo de los de delante no debería cegar al que intenta analizar la calidad de los de detrás y los del medio. El Atleti jugó incómodo durante todo el partido, sin saber cómo sacar el balón de atrás en cuanto el rival apretaba un poco. Con diez, el Racing dejó durante muchos minutos con el culo al aire al equipo local con el riesgo que implica llevar la retaguardia poco abrigada en los fríos días de noviembre. A la presión respondía el Atleti con pocas luces y pocos recursos excepto el pase atrás a Ujfalusi para sacar de pase largo o asumiendo riesgos, y Leo Franco terminó sacando de puerta buena parte de los balones en posesión de los locales. Que Assunção juega como un tercer central es algo que sabemos, y también sabemos que aporta mucho para defender y dar estabilidad al equipo; eso sí, no parece que sea él quien tenga que sacar el balón desde atrás. Que los laterales no son los más adecuados para subir el balón es algo fuera de toda duda, de igual manera que la duda, así en abstracto, parece empezar a impregnar la figura de Heitinga, que desprende mucha menos seguridad ahora que hace tres meses.
El engranaje llamado a unir a una defensa poco dotada para sacar el balón jugado con una delantera asombrosa debería ser Maniche, pero Maniche no está por la labor. Maniche ha mejorado últimamente mucho en varios aspectos característicos de su juego, ya conocidos desde hace unos años: el camuflaje funcional, la delegación de responsabilidades, el seguimiento de su marca cuando debiera ser al contrario y el gesto tribunero. Debe sacar el balón el Atleti y Maniche ya no está, y sólo el observador minucioso repara en que su piel ha cambiado de color y de textura con la maestría del pulpo abisal, y ahora es igualito que Colsa, calva incluida. Obligado por las circunstancias, sale Maniche finalmente de su escondrijo tras zafarse Colsa de su rémora y recibe un balón y se lo devuelve a quien se lo dio de primeras y sin líos, no sea que le pidan hacer cosas que puedan manchar su hoja de servicios. Eso sí, cuando las cosas van bien y el rival deja espacios, Maniche deja de ser Predator y aparece melena al viento, con su característico trote de caballo lusitano pura sangre, y hace un pase de dos metros mirando al tendido o se atreve finalmente a hacer esos cambios de juego largos que puede y sabe hacer. Y todo ello para que le tiren pétalos de rosa después, cuando se dirige hacia la caseta, cansino, con cara de héroe que ha hecho su trabajo, aprovechando que media grada le ovaciona en pie mientras la otra media se pregunta si será verdad eso que dicen de que es Maniche el elegido para rodar la segunda parte de Zelig.
Lo de delante, ya lo saben Vds, es otro cantar. Al que suscribe le parece que Maxi va recuperando poco a poco el sitio que merece, y aunque no es aún el Maxi de antes ha vuelto a recuperar el olfato, la querencia a aparecer en ese hueco en el que los defensas rivales no tienen claro si el que tiene que defender es él o el compañero. Simao, el mejor en muchos partidos este año, sigue siendo siempre una referencia válida, el jugador a quien darle el balón en apuros, el tipo al que buscar cuando se quiere lanzar el ataque. Además de su gol, un golazo con la pierna con la que no se espera que marque uno con esa facilidad, Simao dejó en algunos momentos la sensación de que es capaz de conservar el balón durante el tiempo que quiera, rodeado de quien sea, en una zona o en otra. Agüero también marcó un gol con la facilidad de siempre, con ese aire del que hace algo que no tiene ningún misterio y casi ningún mérito, y en un par de ocasiones se intuyó que quería responder a la exhibición de Messi del día anterior dando lecciones de cómo utilizar el cuerpo, cómo salir entre cuatro jugadores o como crear ocasiones de la nada. Agüero, a quien la prensa le encasquetó una crisis por no haber marcado en un mes ni más ni menos, está volviendo y la Asociación de Defensas Centrales de Cadera Poco Flexible amenaza con llevar el tema al Tribunal de Estrasburgo.
Y para postre, Forlán. Sonará quizás exagerado pero a uno le compensa el frío y los pies helados de ayer por ver el partido de Forlán. Dos pases de gol, uno de ellos con la cabeza en un lance marca de la casa que pocos son capaces de hacer y menos son normalmente capaces de entender; el otro, de pase al hueco digno de un centrocampista organizador de los de toda la vida. Dos goles, uno de tiro largo y potente previa increíble colocación del cuerpo, todo instinto y saber hacer; el otro, de cabeza, de delantero centro matador, sabiendo exactamente dónde colocar el buen pase de Seitaridis, ayer tan bien en ataque como mal en defensa. Forlán no es sólo el goleador y el mejor amigo de los otros goleadores, es también el tipo que siempre ofrece una alternativa a Maniche y Assunçao, la alternativa que siempre está ahí además de la que, también siempre, ofrece Ujfalusi. Forlán juega de extremo y de nueve y de media punta y despeja los corners y si se lo pide alguien, recomienda un asador, cambia las bujías y recita sonetos sin trastabillarse. Si en algún partido se aburren, que no es raro, dedíquense a seguir a Forlán y verán no sólo la cantidad de kilómetros que hace, sino a qué velocidad los hace, con qué criterio y con qué sentido de equipo. Forlán, que volvió a hacer ayer un partido completísimo, es uno de los jugadores más completos que hemos visto últimamente por el Calderón. Y ahí queda.
El Atleti ganó pues el día en el que otros perdieron, y poco a poco se va acercando a su sitio. El equipo, empero, sigue dejando dudas: ¿qué pasaría si el centro del campo contribuyera al ataque además de defender? ¿cómo sale el Atleti de la presión adelantada del rival? ¿es normal que se hagan tantos penaltis tontos? ¿qué ocurriría si los de delante se hartan y se van a un balneario? Por ahora son dudas amables, que para eso ayer ganamos, pero son dudas al fin y al cabo. Y otra duda más, se me olvidaba: ¿por qué estaban ayer sospechosamente limpios los asientos de grada de lateral?
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