Salió el Atleti a mejorar la imagen dejada en Málaga y, al final del partido, la afición reclamaba llevar al equipo al tinte. Y eso que antes del partido, la afición ya había reclamado limpiar de una vez el palco.

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Es importante tener un amigo farmacéutico para que le diga a uno qué le conviene tomar para evitar la gripe A. También es importante tener un amigo abogado que le explique cómo lidiar con un inquilino o un casero, o cómo reclamar al taller por una factura altísima y un montón de filtros nuevos que el coche parecía no necesitar. Es casi más importante tener un amigo que esté a la última en música, cine y libros y le tenga a uno informado de qué le va a gustar y qué no, qué debe probar y qué debe ignorar. Es esencial tener un amigo que conozca cómo llegar por carretera a los sitios más inaccesibles y que tenga la suficiente experiencia e información como para indicarle a uno dónde están las mejores ventas, bodegas y ambigús de la comarca. Es importante tener un amigo que tenga contactos en el sector, y otro que tenga contactos en la autoridad, uno que tenga una agencia de viajes y otro más que tenga un bar. Uno que sepa de coches, otro que sepa de vino, uno que tenga una finca, otro que sepa el camino que te lleva hasta tu casa cuando escasean los taxis y uno está en el quinto pino. Uno que organice fiestas, otro que organice cenas, uno más que lleve el fondo y uno que tenga una vespa. Todo esto es importantísimo y esencial, pero lo verdaderamente crucial, la clave de todo, lo importante entre lo importante es tener un amigo que sepa hacer bien el rabo de toro. Y no es fácil, que de esos no hay muchos. No es fácil, no es fácil, oiga.
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Hacía en Madrid un día de esos de final de verano en los que uno no tiene claro si lloverá o hará un calor horroroso y la afición, sabia y con amplios conocimientos de meteorología, se decantó mayoritariamente por lo segundo y fue al campo con pantalón corto y camiseta. La excepción, que siempre hay una, fue un señor con gafas que llevó un chubasquero en previsión del ataque de un huracán tropical y casi muere hervido en su propio jugo cual pescado en papillote. Esto ocurría en un día en el que jugaba el Atleti a las seis, hora poco habitual, y además se estrenaba el equipo en casa tras una derrota bochornosa en Málaga, tras dos semanas de ocupar el último puesto de la clasificación de liga y tras semana y media convulsa en la que la prensa, sin saber muy bien por qué, había reaccionado al unísono y de una vez por todas contra la directiva del Atleti. Las cartas abiertas y semi-cerradas del ente teórico conocido como Gil Marín, las ya habituales chulerías fuera de tono de Cerezo, la chulería menos justificada aún del incompetente Pitarch (quizás familia del igualmente inepto y altivo Villeneuve, por cierto) y el rosario de cartas, contra-cartas y descartes de la Agrupación de Peñas Atléticas habían convertido un suceso que dejará poco peso en la historia deportiva del Club - esto es, la salida de Heitinga - en el detonante de una revuelta esperada desde hace mucho tiempo y justificada desde hace mucho más.
Así que a las cinco, cuando amenazaba tormenta y España quedaba en evidencia ante Turquía, salió el Atleti y se colocó donde le dejó la fuerza pública. No lo hizo vestido con la camiseta oficial de la temporada, sino mezclando camisetas titulares y suplentes, camisetas de peñas y de equipos de aficionados, camisetas azules y rojiblancas y hasta alguna de esas de rayas amarillas y azules que parecían de Rosario Central. No salió plantado según un clásico 4-4-2 ni con un 4-3-2-1, ni siquiera con un 4-2-3-1. Lo hizo así como Dios le dio a entender, primero de forma más ordenadita, luego más así a lo ancho y al final, sobre la marcha, como buenamente pudo. Porque no es fácil organizar a once jugadores, no, de eso puede dar buena fe Abel, que a veces anda perdido; pero organizar primero a dos o trescientos, luego a mil y pico y al final a cuatro o cinco mil de forma que quede un dibujo reconocido y una táctica ortodoxa es algo que sólo consiguen en Corea del Norte y tras muchísimo ensayar. El Atleti salió por tanto como le dio la gana, se reunió donde le dejó la policía, marchó por fuera del campo diciendo lo que no le dejan mostrar en las pancartas dentro y se quedó más ancho que largo, se quitó un peso de encima y quitó razones a los prestidigitadores de ondas y prensa que intentan tapar con chascarrillos y medias verdades la situación en la que vive la entidad y el cabreo monumental que llevan aquellos a los que les importa de verdad el Club más allá de canapés, palcos vip, viajes pagados e historias en poli piel con las que adornar la boisserie.
Entró el Atleti esta vez cinco minutos tarde al campo donde, qué cosas pasan a veces, habían salido los jugadores del Atleti vestidos con la camiseta oficial de la temporada cinco minutitos antes. Esperó el Atleti en los vomitorios y vio al equipo rival vestido de dos colores, con una equipación con aire de túnica de caballero medieval y una media de cada color. Se maravilló el Atleti aún desde los vomitorios de que el rival llevase esas medias y, sobre todo, de que ningún jugador visitante se hubiera equivocado de pierna y llevara las medias cambiadas. Tanto orden asombró al Atleti, quien se preguntó en su fuero interno cuántos jugadores de su propio club serían capaces de distinguir con acierto en qué pierna iría cada media si algún año a la Marca le da por vestir a la soldadesca de esa guisa, y rápidamente pensó en Reyes. Echó entonces el Atleti media sonrisilla ladeada, levantó mucho las cejas, dijo para sus adentros "en fin" y subió a su asiento al ver que ya habían pasado los cinco minutos de marras.
Se fijó entonces el Atleti en el Atleti del campo, y se aflojó un botón del cuello de la camisa y tragó saliva y dijo glups. El Atleti sabe que este año el Atleti tiene una plantilla cortísima, sabe que tras el primer partido se ha lesionado un titular y se ha vendido a otro y que las grandes estrellas del equipo, las que sujetan los palos del sombrajo, tendrán que jugar partidos y partidos internacionales durante toda la temporada. Todo esto lo sabe el Atleti, que se temía lo peor, y aún así tragó saliva y dijo glups nada más ver el equipo titular. La baja de Heitinga, la lesión de Raúl García y Maxi y la fatiga del Kun y Forlán dejaron al Atleti con la media del Mallorca, un central del descendido Betis, un lateral suplente del Racing, un interior que ya no está ni para el Recre y un portero prometedor, del Valladolid, que además se irá cinco o seis partidos en cuanto coja la forma. La planificación deportiva del Club tiene estas cosas, pero cuando el Atleti protesta el responsable técnico se pone chulo, la prensa se pregunta que de qué se queja la muchachada y el presidente hace gala de su sentido del humor martinezsórico de dictadorzuelo seguro de sí mismo para decir que si alguien se manifiesta será para darle las gracias. En fin.
Empezó el partido y varios miopes radicales, gran cantidad de pacientes de cataratas y al menos una centena de invidentes santanderinos tuvieron claro que la banda derecha del Atleti era una perita en dulce. Y, aún así, poco hizo el Racing. Empezó el Atleti jugando con cierta sensación de solidez que parecía más basada en la debilidad del rival que en el mérito propio; pero, aún así, daba la sensación de que el Atleti se llevaría el partido, si no por mérito, sí por jugar en casa, por inercia, por ley de la gravedad. Tiraba a puerta Cléber, tranquilo hasta la lentitud y con pocos agobios, y tiró a puerta Assunção, perdido e impreciso sin Raúl a su vera. Jugando con un único delantero, Agüero, el juego de ataque del Atleti tuvo un protagonista nuevo: Jurado. Jurado hizo cosas, tuvo ideas, intentó sorprender, cambiar el aire. Si el Atleti juega con un punta y dos medio centros defensivos, quizás Jurado tenga sitio; eso sí, parece que sólo entonces. Porque Jurado intenta cositas y tiene ideas, pero pierde muchos balones y corre más bien poco en la recuperación. Durante fases del primer tiempo nadie supo bien de qué y dónde jugaba, pero cuando le llegaba el balón destacaba un poco. Si fue mérito suyo o demérito de sus compañeros es otro cantar. Porque ayer Simão no estaba, algo poco frecuente, y Sinama ayer no estaba, algo demasiado frecuente. Sinama no sabe tampoco a qué juega, y pulula por el campo con el aire insolente del que reclama una oportunidad sin caer en la cuenta de que ya ha tenido treinta o cuarenta. Vista la actitud de Sinama, uno se pregunta por qué no sale un canterano en su lugar para que al menos corra y alegre las pupilas de la hastiada afición colchonera trotando por esas bandas que, quizás sea un efecto óptico desde la grada de lateral, parecen más estrechas que hace unos meses. Milagros de la cal, serán.
Y tras Sinama, Valera, esto es, la nada. Valera lo intenta y lo intenta y le sale todo bastante mal. Justito de calidad y también de fuerza a pesar de su físico, empezó nervioso y acabó pidiendo unas vacaciones en un balneario. Su apoyo ayer fue Sinama por delante, toda una traición, y Juanito a su costado. Juanito, concentrado y voluntarioso, evidencia controles catastróficos y falta de rapidez en algunos lances. Si Assunção no tiene el día como ayer y su último apoyo es el ralentizado Cléber, la sensación que esa zona de la defensa transmite es que con muy poco se puede hacer un lío importante. De hecho ayer pudo el Racing marcar un par de goles en el primer tiempo casi sin querer, aunque su delantero centro, educadísimo, no quiso aprovechar la ocasión y rechazó el regalo del anfitrión para no hacer un feo en día de protestas. Así pintaba el Atleti en el primer tiempo y, cuando éste acababa, marcó Jurado desde fuera del área. El Atleti comprendió rápidamente que sí, que iba a ganar por gravitación universal y se fue un momento a por tabaco. El Racing aprovechó que el equipo local buscaba cambio y marcó un gol justo antes del final del primer tiempo con media defensa al trote, un gol de esos que debería conllevar que el Atleti en pleno pasara seis horas de cara a la pared y con orejas de burro. Uno uno al descanso, hay que ver qué cosas hace este equipo.
En el segundo tiempo salió Forlán y se fue el Kun. Si durante el primer tiempo Agüero fue el único que pareció tener peligro y ganas de crearlo, con Forlán pasó lo mismo. Tiró al palo una falta, tiró al cuerpo del portero rival tras una buena jugada con Jurado, tiró a puerta un balón que nadie supo bien de dónde caía, tiró, tiró y volvió a tirar como los peces en el río pero nada. Y eso que nada más empezar el segundo tiempo se quedó el Rácing con uno menos por una roja excesiva y el Atleti tenía tiempo para marcar. Pero el Atleti es a veces el Atleti que conocemos y no queremos y pasó todo el segundo tiempo jugando contra uno menos sin que se notara. No pasó apuros el Rácing, que en un par de ocasiones se fue para adelante tocando el balón, ni asedió el Atleti con las ganas que uno le pondría si llevara esa camiseta. Sólo Keko, que salió a mediados del segundo tiempo y por cierto fue ignorado en varias acciones por sus compañeros, parecía querer cambiar las cosas. Se fue Jurado y el equipo perdió claridad de ideas, salió Reyes y se apagó del todo la lucecita. El Atleti de ayer no tenía capacidad de pensar, ni de romper, ni de lanzarse a pecho descubierto, ni de engañar al rival. Un Racing con diez se bastó para parar al Atleti, evidenciando las carencias del equipo y anunciando una temporada larguísima para la hinchada. Otra más, por cierto.
El Atleti ha sumado un punto contra dos equipos contra los que hay que sumar al menos cuatro, y esto no ha hecho más que empezar. El equipo tiene nueve o diez titulares y no tiene margen de error. Nadie se puede lesionar, nadie se puede equivocar y ser sancionado, el banquillo da más pánico que el rival. Agüero y Forlán tendrán que jugar demasiados partidos sin un reserva que aporte tranquilidad y mordiente. El centro del campo funciona si están todos, en cuanto falta uno el riesgo de catástrofe es mayúsculo. El lateral derecho parece un agujero negro, y hoy por hoy la afición se encuentra rezando por la vuelta de Perea y no se reconoce. No hay banquillo, no hay dinero para fichar y sí hay, qué cosas, cinco o seis chavales que parecen dotados para hacerlo mejor que aquellos que les cierran el paso. La afición agradecería la apuesta, los chavales agradecerían la apuesta y puede que el equipo también. Si este año que se antoja tan largo y tan lleno de sinsabores fuera al menos el año en el que se recuperó la cantera, algo grande habríamos ganado aunque quedáramos décimos.
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