Jugó el Atleti un partido que quizás no debió perder y quizás no debió ganar. Pero perdió, qué cosas pasan, porque la delantera, que es la que siempre funcionaba, no dio una.
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Hay veces en las que, sin saber por qué y sin que uno haya hecho nada para evitarlo o merecerlo, la vida de uno cambia. Quizás mucho, quizás sólo un poquito, pero la cosa es que cambia. Hay quien lleva toda la vida manejándose con autoridad por bares y calles y, de pronto sale un personaje televisivo conocido por su afición a la ingesta de bollería industrial que lleva su mismo nombre y lo que era respeto se torna en chufla. Hay quien, siendo un afamado escritor mexicano con porte aristocrático y voz grave, tiene la desgracia de que salga por ahí un zopenco con su mismo nombre escribiendo idioteces sobre el Atleti y hay también algún chalado que los confunde. Hay quien tiene un apellido rimbombante que en casa denota noble linaje pero en otro idioma significa "atunero" y ve cómo se ríen de él una barbaridad cuando viaja por placer a hotelitos con encanto. Lo mismo pasa con el parecido físico, no crean. Hay quien suma a la desgracia de ser obeso y miope el parecerse a Juan Manuel de Prada y recibe por ello burlas desde los autobuses por pedante y por mandón. Eso sí, también pasa al contrario. Hay quien pudo tener un complejo por ser rubiejo y con bolsas bajo los ojos, pero tuvo la fortuna de parecerse a Michael Caine y por ello le invitan en las tabernas y le tratan bien en las zapaterías. Hay quien nació feo y narizón pero tuvo la suerte de parecerse a Manolete; hay también quien nació guapo y bien plantado y tuvo la inmensa desgracia de ser clavaíto a un futbolista insoportable y engreído al que no traga el pueblo. Cuando estas cosas pasan, la vida de uno cambia sin que uno sea responsable de nada.
A veces las cosas cambian pero el cambio sí es achacable a las decisiones de uno. Hay quien, a pesar de ser un tipo en apariencia gris, recibe vítores y parabienes allá donde va gracias a su valor y destreza con capote y con muleta. Hay quien pasa del anonimato a la fama gracias a un acto heroico o un descubrimiento científico que terminó con la ingobernabilidad de los remolinos de pelo. Y, al contrario, hay quien es señalado con el dedo por la calle tras ser reconocido culpable de sobornos y tejemanejes; hay quien no debería poder salir de casa por haber cometido un penalti y ser expulsado por patear a un rival en el suelo haciendo a su equipo perder la liga (aunque esto sólo ocurre si el infractor juega en un equipo decente). Y hay quien, luciendo un tipo atlético y un distinguido pelo cano atrae las miradas femeninas cuando pasea por la calle pero aún así no consigue levantar admiración sino sonrisitas burlonas; esto pasa, por ejemplo, cuando uno reconoce a aquél que pasea luciendo palmito como el protagonista de los anuncios sobre disfunción eréctil que copan las páginas publicitarias del Forza Atleti. Lo que es la vida.
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Aquellos pobrecitos que sigan estas páginas con frecuencia habrán notado que en este blog rara vez se hace mención a la suerte. La suerte, piensa uno, es un factor más del juego con el que hay que saber convivir, que hay que saber gestionar y que hay que saber prever. La suerte es un factor que se desactiva con inteligencia y trabajo o con más suerte, aunque a veces ni por esas se consigue. Pensarán Vds por tanto que el que suscribe achaca a la suerte la derrota en Almería, y la respuesta es no. A la pregunta se podría responder con otra, como hacen los gallegos: ¿Mereció el Atleti perder ayer? Pues mire, posiblemente no. ¿Mereció ganar el Almería? Pues tampoco, no crea. ¿Hubiera sido justo un empate? Pues visto lo visto, quizás, pero el tema de la justicia en el fútbol es muy relativo y muy resbaladizo y uno ha llegado ya a una edad en la que una mala caída le produce una fractura de cadera, así que conmigo no cuenten. Si acaso, que conteste ese del fondo, el del diente de oro, ese, sí, ese.
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Salió el Atleti en Almería con una alineación que empezamos a conocernos casi de memoria o al menos somos ya capaces de decir con poco margen de error quién jugará y quién no. Salió Asenjo, como ya sabíamos que iba a ocurrir, y volvió a ser titular Tiago por merecimientos propios. Rotó Quique en la punta de ataque sentando a Agüero y en su lugar no salió nadie, o prácticamente nadie, si acaso un ectoplasma de pelo fosco que se deja ver con frecuencia por el césped del Calderón. Salió un Atleti distinto al que jugó contra el Barça, y tiene mérito porque casi era igual; son las cosas del Atleti, capaz de convertir en claramente imprevisible lo que en cualquier otro equipo sería lo normal.
Salió el Atleti vestido de elegante y sobrio terno negro a la moda del Siglo de Oro pero sin gola, traje austero de un equipo serio que la mercadotecnia calzatoria se entretuvo en mancillar. Ayer, a pesar del aire general de cofradía de penitencia en silencio del equipo, la casi totalidad de los jugadores del Atleti llevaban botas de colorines en gamas que abarcan del blanco innoble al verde limón caribeño, pasando por el rojo pasión, el naranja clementina, el azul piscina y el amarillo vitamina C - por no mencionar algunos ejemplares bicolores, provocación clara hacia el numeroso colectivo colchonero-daltónico. Uno es de la opinión de que la sociedad moderna no se ocupa lo que debe del importantísimo problema que supone para la civilización occidental el asunto del color de las botas de fútbol de los profesionales. Un breve estudio, que no es en este caso de César Vidal pero bien podría serlo, demuestra que la pérdida de valores entre la juventud y sobre todo la ausencia total de respeto por la ortografía, la tercera edad y la siesta pijamera coinciden en el tiempo con el auge de la bota colorida, frívola prima lejana de la tradicional y austera bota negra con alguna raya blanca como mucho, pilar de la cultura occidental en los buenos, viejos tiempos en los que no había rúcula ni crema anti-ojeras. Porque si es grave que los jóvenes tomen como modelo futbolistas de personalidad egocéntrica y volátil sin más interés en el mundo que el de tener un coche de muchos cilindros y una novia de muchos quirófanos, es del todo intolerable que hasta recios centrales de tabique nasal desviado o esforzados mediocentros de incansable carrera y apoyo continuo al compañero superficial y con patillitas finas hayan caído también en la fatal moda de la bota-loro. Desde aquí, y en nombre de tantos y tantos futbolistas de barrio criados en la cultura de ampolla tobillera de la bota Cejudo y en el dolor de planta de pie de la bota de planta rígida y taco recambiable (del todo inútil para el campo de tierra seca, todo sea dicho) y en el nombre también de los aficionados de bien amantes de los colores-topo y la discreción capilar, pedimos a los fabricantes el fin de las colecciones de botas de colorines y EXIGIMOS a la autoridad que intervenga en este tema con la contundencia que el peligro para las generaciones venideras reclama.
Salió Asenjo en la portería con todo el mundo mirando y lo hizo bien. Lo hizo bien sobre todo en lo suyo, que es tapar remates a bocajarro y tirar de reflejos cuando no hay colocación que valga. Volvió a dejar claro que lo suyo no es el control de las distancias y los espacios en el área pequeña, parcela en la que tiende con frecuencia a seguir el balón con la vista, atornillado al suelo en su posición cercana a la línea, demasiado confiado en sus reflejos ante los disparos rivales a pocos metros. Asenjo, eso sí, no oculta sus defectos ni tampoco sus virtudes, y ayer hizo un buen partido - quizás por jugar lejos de casa - que se pudo mejorar en un par de balones laterales y que se pudo también empeorar si no llega a tener varias intervenciones de mérito. Asenjo salvó los muebles de su intervención y eso nos alegra, aunque vivimos más tranquilos, eso sí, cuando está De Gea. Y, eso sí, si el partido de ayer lo hubieran jugado sólo los porteros quizás habría ganado Alves, muy entonado toda la tarde y asombroso a ratos.
Jugó la defensa mejor que otras veces, que no es poco. Jugó Domínguez algo más tenso que en otros partidos, quizás por la amarilla recibida al poco tiempo de empezar el partido, quizás rabioso con él mismo por cumplir ciclo a la vez en dos competiciones y dejar al equipo con un dilema monumental en el que el entrenador puede patinar. Perea jugó bien con sus virtudes y carencias habituales: bien al corte por rapidez y contundencia, torpe en el despeje en situaciones complicadas. Se dejó ver poco Antonio López, sobre todo en la primera parte en la que el juego rival se volcó por su banda, y destacó Ujfalusi. Ujfalusi, ojito derecho del que suscribe gracias a su profesionalidad y regularidad, suele jugar bien aunque tenga errores sonados. Si contra el Galatasaray destacó como lateral izquierdo, que ya me contarán Vds qué pintaba allí el hombre, ayer se mostró en muchos casos como la única alternativa al colapso general de la zona del medio. Fundido Simão, fueron muchas veces las subidas de Ujfalusi las que permitieron al Atleti desatascar el ataque, algo que debería hacer reflexionar a alguien en el cuerpo técnico sobre qué sería del Atleti con laterales buenos. Ahora que lo pienso, no tomen en cuenta esta última frase, demasiado idealista, demasiado triste cuando se piensa dos veces. Mejor olvídenlo, oigan.
La noticia gorda, eso sí, estuvo en el centro del campo. No hablaremos del ataque, no, porque el ataque ayer lo formaron un imitador de Forlán y un ente difícilmente clasificable. Forlán, solo en punta, anduvo flojo y sin hambre de balón, impasible ante balones a los que hace no tanto tiempo llegaba sobrado, torpe en el control y demasiado egoísta en el disparo a puerta. Forlán recibe muchos balones de espaldas y cerca del medio campo, posiblemente las peores condiciones para que desarrolle su juego; en esas circunstancias normalmente devuelve el balón atrás, casi siempre sin aportar nada nuevo y muchas veces enviando un melón fácilmente mejorable. Forlán no metió un gol cantado, quizás demasiado sobrado en la definición tras una jugada y pase excelentes de Tiago. Tiró a veces cuando no debía, tiró alguna diagonal que no debía, se pareció a jugadores a los que no debería. Y, aún así, aún debiendo ser cambiado y levantando debates sobre qué le pasa a Forlán, fue el mejor del ataque.
- ¿Cómo dice Vd?
- Espere, oiga
Forlán lo tuvo fácil, porque el otro del ataque fue Jurado. Jurado, una vez más o más bien una vez menos, jugó de titular en la posición que se antoja ideal para sus teóricas virtudes y no hizo nada. Tiró a puerta mal y flojo, una vez tras una excelente jugada de todo el equipo que merecía un final digno. Perdió los tradicionales balones en el medio campo, lanzando el contraataque rival, y en el repliegue encimó a su par con la agresividad de un colibrí enamorado. Incapaz de jugar sencillo ni cuando la ocasión requiere, falló pases fáciles por querer adornarse en exceso. Jurado, quizás influido por la imaginería barroca andaluza o por el gusto por el escorzo de Rubens y el Greco, es incapaz de hacer las cosas sencillas. Jurado, como las señoras de cierta edad, tiene fobia a las paredes vacías y cuando recibe el pase del compañero que busca la pared de toda la vida Jurado se empeña en rellenarlas con una pintura al fresco, un reloj de cuco, un cuadro de perros jugando al billar o un barómetro de esos con una pata de ciervo en el que pone "Recuerdo de Gredos". El resultado es un juego innecesariamente complejo, poco útil, nada efectivo, irritante para el espectador y para el compañero y, curiosamente, muy apreciado por la prensa especializada. Para colmo, despejó un balón en el área chica con un pase imposible a Ujfalusi que terminó en segunda oportunidad para el Almería, despeje malo de Perea, rebote en Tiago y gol rival. Por qué Quique no cambió a Jurado y Forlán es algo que nadie entiende. Por qué fue expulsado Quique, casi tampoco: al parecer reclamó un penalti que las televisiones no quisieron repetir aunque los espectadores vieron una mano volante tocando el balón tras una clarísima ocasión de Forlán que paró con mérito Alves. Fuentes bien informadas indicaron más tarde que la mano, en realidad, había sido de... Jurado. Pa enmarcar, oiga.
Y, para el final, lo mejor: el centro del campo, quién nos lo iba a decir. Salvo Simão, que pareció fundido y poco motivado, el centro del campo estuvo más junto, manteniendo el equipo menos fracturado. Jugó como siempre Assunção, es decir, bien, y jugó bien Tiago. Tiago aporta al equipo pausa, algo que no se veía en el centro del campo del Atleti hace tiempo. Tiago se para, ocupa su parcela, no intenta defender lo que los demás no defienden y juega sencillo, cómodo, busca la opción más lógica, se complica sólo cuando puede y debe. Se incorpora al ataque, va bien de cabeza y ayer sacó un tiro a la escuadra que dejó entrevere un tirador de lejos, algo que también se echa de menos en el Calderón, sobre todo ahora que Raúl García anda menos confiado. Tiago calma a los compañeros y evita que el partido enloquezca, como suele ocurrirle al Atleti; paradójicamente, quizás no sea la solución a los males del equipo. Ayer el equipo controló el centro del campo, sí, pero hizo un juego horizontal y plano en el que muchas veces fue Ujfalusi correteando la banda quien aportó la única idea para abrir la defensa rival. Bien es cierto que a ver quién es el guapo que hace fútbol de ataque con Forlán desconocido y Jurado jugando para el rival, eso sí. En definitiva, Tiago aporta algo que hacía falta aunque no sea él solo suficiente para cambiar la faz del equipo entero, faltaría más.
El último párrafo del análisis va para Reyes. Reyes, a quien la prensa ensalza sin medida, hizo un buen partido una vez más. Jugó enchufado, corrió, tiró del equipo, se fajó en defensa, llegó al ataque y si Alves no está inspirado le cuela un gol con la pierna mala, ahí es nada. Pero Reyes, que para eso es Reyes, tiene aún cosas que ir cambiando. Reyes se llevó una amarilla aparentemente por simular una falta, pero uno cree que fue por culpa de su sonrisilla. Reyes recibe faltas, reales o imaginarias, y se deja caer y mira al árbitro con cara de decir ha sido amarilla, haga algo, oiga. Y si no la sacan Reyes se queda sentado, abre los brazos, se sube las medias, gira la cara de medio lado, mira al árbitro y saca su famosa sonrisilla, la Sonrisilla Reyes©; con toda probabilidad, le sacan entonces amarilla, por sonrisitas. Y es que Reyes no ha caído aún en que es un tipo que cae mal. Puede enfadarse con el mundo, puede considerar que es injusto o puede tomar nota e intentar hacer algo por evitarlo porque la realidad es la que es. Ya hemos visto que Reyes, en varias ocasiones, reclama una falta y cuando no se la pitan se para, abre los brazos, refunfuña y le da igual que el equipo sufra por su inactividad transitoria dando la impresión de que, para Reyes, el equipo siempre es secundario a Reyes. Ayer mismo Reyes, en un buen partido y con una amarilla, tiró una patadita a un rival que le hubiera supuesto la expulsión. Dicho esto Reyes jugó bien, al César lo que es del César, y esperemos que así siga.
El Atleti perdió un partido que quizás no debiera haber perdido, visto lo visto. Pero lo perdió, así son las cosas, y el objetivo de principio de temporada, que era acabar tercero, parece totalmente imposible cuando aún quedan muchos partidos. Además, el equipo puede caer en la tentación de pensar que la Liga no importa, que la temporada está salvada gracias a una final de Copa contra un equipo que casi seguro que jugará Champions, con lo que la entrada en Europa League por la gatera podrá maquillar muchas cosas. Y si es así, Dios nos pille confesados en Liga. Primero, por el riesgo de meternos en problemas. Segundo, por el riesgo de bochorno continuado. Y no sabemos si Quique tiene capacidad para evitarlo, visto lo visto, qué quieren que yo les diga.
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