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Elogio del (extinto) nervio intenso

El Atleti perdió un partido que jugó sin intensidad, sin rabia y sin nervio. Normal.


Miren que nos ha pasado ya veces, pero no escarmentamos. Llevamos años sin ganar, pero nada: siempre pensamos que esta vez será la buena, la que quiebre la racha, la que acabe con la maldición. Quizás en el fondo sepamos que no lo será, pero también tenemos todos esa vocecita interna que, con acento argentino, nos dice que por qué no. Que por qué no, que por qué no esa vez, por qué no va a pasar algo que es posible y que otros con menos motivos y medios consiguen. Por qué no va a pasar lo que antes pasaba con cierta frecuencia, por qué no vamos a ver de nuevo ese equipo aguerrido que, hace un par de años sin ir más lejos, dio un recital de contraataque y agresividad en el mismo campo. Por qué no vamos a ganar a este equipo al que tantas veces hemos ganado, por qué somos capaces de ganar al Inter, al Barça y no al este otro. Siempre lo pensamos y rara vez lo decimos ya, porque lo hemos dicho tantas veces que no tiene mucho sentido repetirlo de nuevo. Lo decimos entre nosotros, cuando nos llamamos y contestamos a la eterna pregunta - "¿cómo lo ves?" - con el eterno "yo siempre lo veo bien, no, en serio, claro que podemos ganar, yo creo que hoy ganamos".

Antes teníamos nervios desde el día antes, nos costaba desayunar y casi no comíamos. Recibíamos llamadas que nos preguntaban por los ánimos, oíamos bromas en la oficina y comentarios de ánimo en el bar. Ya no tanto. Ahora los nervios siguen ahí, pero empiezan una hora antes y se pasan normalmente antes del final del primer tiempo. Y no son los mismos nervios, no son esos tan fuertes y tan intensos que le hacían a uno tener dolor de estómago y pocas ganas de hablar, pero se parecen. Quizás sean los mismos, pero ya cansados, como más maduros. Nervios con canas, nervios con gafas, nervios que cenan sopa de fideos y prefieren pasar el viernes por la noche en casa en vez de salir. Ahora que lo pensamos, quizás seamos nosotros los de las canas y las gafas y las ganas de sopa ... pero quizás no. Porque tuvimos los mismos nervios el año pasado en Hamburgo, y en Madrid unos días antes viendo al equipo en Liverpool. Ese día estuvieron con nosotros los buenos, viejos nervios de los buenos, viejos tiempos y estaban en plena forma. Querían cerveza fría y quedarse afónicos, querían contar historias épicas y reírse a carcajadas, no querían ni oír hablar de sofás y mantitas y comedias románticas en dvd.

Lo que pasa es que ellos, los nervios buenos, aparecen cuando consideran que el acontecimiento lo merece, y nosotros les esperamos incluso cuando, por no tener sentido su presencia, son ellos los que están en el sofá tomando sopa de letras. Qué listos son estos nervios.
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Salió el Atleti al campo del otro equipo grande de la capital y algunos se persignaron y otros bebieron un sorbo y otros dijeron "al lío". Algunos miraban al equipo con gravedad y fijeza, otros con cara de susto, alguno lo miraba de una forma que no importaba porque lo hacía llevando unos grandes guantes de conejo gujarati que le quitaban toda autoridad. El caso es que salió el Atleti y la afición sintió nervios, alguno nervios templados y otros nervios fríos, alguno nervios calientes y otros nervios atérmicos. Pero nervios, por más licuados que estuvieran, por más amaestrados que estuvieran, por más cansados que estuvieran, sentimos todos.

Salió el Atleti y la afición se hizo la primera pregunta retórica. ¿Qué hace ahí Juanfran? Juanfran, recién llegado, era titular en la visita al estadio de ese equipo con speaker. Los mensajes que con ello mandaba el entrenador eran variados. Por un lado, parece que venía a decir "saco a éste, que es mejor que cualquier otro de los que tengo". Un mensaje así es naturalmente todo un aliciente para esa plantilla que el entrenador insiste en recuperar psicológicamente (no sabemos bien de qué, ya que lleva una temporada larga al frente del equipo). Por otro lado, la titularidad de Juanfran puede implicar otra cosa más preocupante. "Salga ahí y haga lo que quiera; total, no hay nada que yo le pueda indicar, no hay movimientos que Vd deba conocer de memoria y no hay consignas asumidas por todos que yo le pueda enseñar, porque no las hay". Uno imagina a Juanfran diciendo vale, vale, yo salgo, pero dígame algo, no sé, dónde me pongo, subo siempre o me quedo, cómo se llama el del pelo corto, a éste le llaman "Kun" o "Sergio". Salga ahí, oiga, y haga lo que quiera. En los corners a favor decida Vd si al primer o segundo palo, en los corners en contra se pone Vd donde le diga el de la melena y la barba ... o donde le diga el colombiano ... mejor no, se ponde donde Vd quiera, ya entre Vds se apañan, se reparten a los otros. Yo le recomiendo ponerse cerca de uno bajito, siempre es más cómodo, je je, como ve soy hombre de fútbol y sé de estas cosas, luego uno sale diciendo la palabra sensaciones, gestión, psico-motriz y anatema, y pasa uno por un erudito. El caso es que salió Juanfran de titular y, con semejante embolao, a uno le pareció que no lo hizo mal teniendo en cuenta que podían haber acabado con él ya de inicio.

Empezó el partido y la gente se fijó especialmente en el equipo durante los primeros minutos, a ver qué impresión dejaba el equipo. Estaba la gente calibrando el tema cuando el Atleti metió un gol. Un gol a los cinco minutos, una magnífica noticia si no fuera porque el aficionado atlético tiene demasiadas referencias malditas en los últimos años como para no tirar de recuerdo cenizo. El año del gol del Kun en el primer minuto, junto al palo; el año del penalti y expulsión de ese jugador de Santander con peinado de senador romano y del gol postrero de Albertini. Otras muchas ocasiones en las que el Atleti se puso por delante y terminó por detrás o empatado. Aún así se celebró el gol con ruido, con rabia, con venas hinchadas y puños al cielo, con abrazos, como siempre se hacía. Como debe ser.

Con casi noventa minutos por delante, el Atleti tuvo reacción de toro manso, de equipo chico, de boxeador con sobrepeso. Pegó los cuartos traseros a las tablas y se metió en su área, planteando los noventa minutos restantes como si faltaran cinco. Puso la defensa en línea dentro de su área y dejó a los medio centros con mucho espacio para ocuparse de muchos jugadores, a merced del rival. Éste, muy motivado y físicamente muy superior, se encontró cómodo con la propuesta. Siete minutos tardó en empatar con una posible falta que no pareció al que suscribe, y a partir de ahí puso un asedio a la portería de De Gea que habría hecho pensar a cualquier despistado que el partido estaba en la prórroga. El rival jugaba con ganas, a un ritmo elevadísimo, con la seriedad con la que se juegan los partidos grandes; mientras, el Atleti se quitaba golpes de encima con los ojos cerrados, manoteando por delante de la cara y apretando mucho los labios, como los niños en las peleas por los columpios. El centro del campo del Atleti no podía en ningún momento con el centro del campo del equipo Betandwin, la defensa achicaba balones con maneras de marineros sacando cubos de una vía de agua, el rival jugaba bien y el Atleti jugaba mal, perdiendo cada balón recuperado tras uno o dos pases, sin conseguir tener pausa, ni imponer calma, ni buscar a los delanteros.

Viendo el temporal, la afición dio un nuevo sorbo y pensó en qué hacer. Contra un equipo superior físicamente, un equipo puede intentar tocar y tocar y salir tocando, pero para ello hay que ser muy bueno, tener mucha calma y mucha fe en uno mismo. Contra un equipo superior técnicamente, un equipo puede jugar a cerrarse y esperar, a presionar en el centro del campo e intentar robar, tocar y salir corriendo a montar el contraataque, pero para ello es necesario ser aguerrido, ambicioso, rápido y resistente. El Atleti carece de gente lo suficientemente dotada como para salir tocando por el centro y con la cabeza alta entre el avispero que le preparó ayer el rival, eso parece claro y meridiano y no es cosa de estos días. El Atleti tiene centrales limitados y medio centros defensivos que corren y cortan pero que pueden perder el balón con facilidad si no viene alguien rápido a iluminarles con un foco y darles tranquilidad. Parecería por tanto que, teniendo además jugadores de talento arriba, lo más lógico sería plantear en las circunstancias del partido de ayer una defensa agresiva que empezase por los medios, que permitiera robar balones o al menos de forzar al medio campo rival a hacer pases imprecisos o salir trastabillado de la presión para que los centrales y laterales se beneficiaran de los errores forzados. Pero para ello, amiguiños, hace falta fondo, fuerza, carácter, ganas y nervio, mucho nervio.

El nervio lo puso ayer el rival, cuando era el Atleti el obligado a enseñarlo. El Atleti se mostró desbordado, asustado, desinteresado a ratos. Casi pusilánimes, los jugadores del Atleti no entraban al choque aún cuando había un árbitro que, por fin, no pitaba cada contacto, toda una buena noticia por más que tuviera fallos de bulto. Los del Atleti no mordían en la presión, no seguían a su par, no intimidaban y permitían al rival intentar cosas, paredes, pases, desbordes. El Atleti mostró un fútbol acomplejado, recluido en su área y mirando al cronómetro desde el minuto cinco. Totalmente desconectados del resto, los dos puntas miraban con hastío cómo el rival tenía el balón continuamente, cómo los fallos en sus pases acababan en despejes directamente a otros rivales, como nadie en el centro del campo era capaz de levantar la cabeza y mirarles, porque sólo miraban al suelo . En la cabeza de todos, parecía cuestión de tiempo que los de Reny Picot marcaran.

El banquillo, como acostumbra, no reaccionaba. Ni un cambio táctico hizo el Atleti mientras le peinaban a raya. El entrenador no metió más músculo, quizás porque no lo tenga. No quitó a un interior sino al medio centro con más carácter - desafortunado toda la noche - y lo cambió por otro jugador del mismo corte pero menos aguerrido. El rival, que había jugado a un ritmo frenético el primer tiempo, notaba el cansancio e iba bajando de revoluciones, pero el Atleti no sacaba partido. Quizás un equipo más experimentado habría anticipado que pasaría eso y se habría beneficiado, quizás un equipo más aguerrido habría ido imponiendo sus kilos en los choques, quizás un entrenador con una idea más clara, de esos que entienden que un jugador presentado por la mañana no conoce todo lo que debe saber para ser titular por la tarde, habría dado una vuelta de tuerca para volver la situación en su favor. Nada de eso ocurrió.

Y, aún así, el Atleti mantuvo el empate hasta el minuto sesenta. Pudo marcar Forlán pero dio en el palo tras una buena jugada de Agüero, pero marcaron los otros. Marcaron justo un minuto después tras una posible falta y, una vez más, tras permitir que por el centro del campo jugase cómodo un centrocampista. Marcó el rival ante la atenta mirada del incomprensiblemente estático Ujfalusi y el autor del gol, propietario de unas botas de motitas, celebró el gol como correspondía, esto es, con un bailecito simiesco previamente preparado en alguna sesión a la que, gracias al cielo, nadie conocido fue forzado a asistir. Marcó el rival cuando pudo haber marcado el Atleti, que da el doble de rabia, y sin embargo el partido pudo cambiar más.

No cambió porque Forlán no tiró cuando debía, sino que pasó a nadie, ni si quiera a Reyes, caído por obra y gracia del nuevo árbitro de guardia del otro equipo grande de la capital, el heredero de otro jugador de ese mismo equipo, malagueño, de verbo espeso y maneras mezquinas y matoniles en su relación con rivales y árbitros. No cambió porque el Atleti prácticamente no se acercó al área rival y porque, a pesar del bajón físico del rival, no supo imponerse. Contra un equipo cansado, el Atleti siguió sin ganar los choques, sin meter el pie, sin imponerse en el centro. Ujfalusi recibió una entrada igual que una que él mismo hizo, justo antes de aparecer en las portadas de los periódicos deportivo bajo el lema "se busca", pero no hubo protestas airadas, ni broncas visibles, ni exigencias de respeto, ni tánganas rompe-ritmos. El contrario bajaba de vueltas y el dos a uno invitaba a echar el resto, pero el equipo seguía con actitud de Benito Bodoque, tibio, blandito, casi excusándose.

Quizás un equipo en forma habría tenido una segunda reserva de aire para aprovechar el bajón rival. Quizás un entrenador audaz y con variantes habría cambiado el aire al equipo y habría hecho más difícil la vida del rival. Quizás un equipo con más orgullo, con más amor propio, se habría ido a por el partido o al menos a mantener el resultado defendiendo en campo ajeno. No pasó ni una cosa, ni la otra, ni la otra. El Atleti mostró sus carencias físicas, dejó dudas sobre qué hace realmente la plantilla en los entrenamientos y muchas más dudas sobre si realmente los jugadores entienden lo que el otro equipo grande de la capital significa para la afición. En los momentos en los que el orgullo es lo que hace recuperar el resuello y tirarse de cabeza al ruck, los jugadores carecen de referencia. Su idea de la rivalidad es la foto de un presidente productor sonriendo mientras sostiene la camiseta que en teoría deberían odiar, con lo que no es fácil motivarse. No hay en el Atleti actual nadie que pegue voces en esas situaciones, que consiga a gritos que no se pierda un metro, que ruja para empujar a los compañeros hacia el área contraria y para helarle la sangre a los depilados rivales. No hay referencias en esos momentos, no hay intensidad ni rabia ni motivación extra, y uno no puede culpar a los jugadores, recién llegados en su mayoría o demasiado joven en el caso de los canteranos, de no saber plasmar en el campo lo que se sabe en los bares.

Sí hay, al contrario, una cierta fatalidad. El Atleti pudo llevarse más goles durante el partido, pero De Gea y los centrales sacaron algunos balones que podrían haber sido gol. El dos uno era un resultado esperanzador y remontable, pero la fatalidad estaba ahí. En el último minuto un despeje torpe de Filipe Luis Filipe dio en Domínguez quien, tras una caída cómica, dejó de rebote el balón en bandeja para que cayera el tercer gol. Tres uno en el minuto noventa de rebote, la historia se repite con demasiada frecuencia y demasiada crueldad cuando el rival es cierto equipo.

Para pasar, el Atleti está obligado a ganar dos cero en casa. Este resultado, asequible para un equipo con autoestima y ante su afición detrás, se antoja complicadísimo. No lo habría parecido en un pasado muy reciente, pero ahora mismo parece un abismo insalvable. Se antoja tan difícil un dos cero como un uno cero, dado que parece altamente probable que el rival marque algún gol si el Atleti continúa haciendo un juego tan blandito, tan de sobrino pequeño. Para ganar éste y más partidos el Atleti necesita nervio, ese nervio tan suyo que perdió hace años, ese nervio tan nuestro que no nos dejaba dormir ni comer ni casi hablar y que ahora se conforma con ver de vez en cuando el partido por encima de las gafas, mientras sostiene un bol de sopa y un mando a distancia. Qué cosas.

URL de la noticia: http://elrojoyelblanco.blogspot.com/2011/01/elogio-del-extinto-nervio-intenso.html

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