Tras una pretemporada más bien irregular, nuestro Atleti ha hecho un comienzo de temporada prometedor. Dos goleadas rotundas nos han puesto en la ansiada Champions, la primera, y en el liderato de la liga, la segunda. La vuelta de Agüero de su triunfal olimpiada parece que ha vuelto a poner a nuestro equipo a un buen nivel lo que demuestra la dependencia que tenemos del argentino al que esperemos que le dure la batería, ya que de su rendimiento, el de Forlán, Simao y Maxi y de la fiabilidad de nuestros nuevos defensas Ujfalusi y Heitinga, depende nuestro futuro en una temporada sobrecargada de partidos de tres competiciones de altísimo nivel.
Más allá del habitual trasiego de fichajes y traspasos de cada verano –nunca menos de una docena entre ambos tipos de operaciones– en el ámbito institucional, nuestro club afronta una temporada más en el alambre. Las operaciones de maquillaje financiero que supusieron la revisión del valor contable del estadio en el balance, que Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo realizaron hace unos años y la venta a crédito de parte del mismo, junto a las enajenaciones de buena parte de los terrenos de Alcorcón que deberían alojar la ciudad deportiva tantas veces prometida por estos directivos en los últimos veinte años y que como siempre se retrasa sobre los planes previstos, parecen haberse agotado, la suspensión de pagos de Martinsa, la empresa inmobiliaria del ex presidente del Real Madrid que era una de las beneficiarias de las operaciones, lo evidencia.
Ante este panorama y en un entorno de crisis del sector inmobiliario parece que los dirigentes de nuestro club pretenden seguir con la huida hacia delante del traslado a la Peineta. Este traslado supondría un desembolso de varios cientos de millones de euros por nuestra parte para construir el estadio de atletismo para la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos de 2016 y posteriores, y que sólo después podría ser propiedad, el estadio no lo terrenos, del Atlético. Esta operación que sólo parecía defendible en tanto en cuanto suponía la realización de las plusvalías con la enajenación de nuestro estadio, ya ni siquiera lo es tras el batacazo del sector que ha reducido la cuantía de las previsibles plusvalías y del protocolo de intenciones firmado el año pasado por Miguel Ángel Gil y Enrique Cerezo en que acordaron que la remodelación de la Peineta y el soterramiento de la M-30 correrían cargo de nuestro club.
En esta situación, embarcarse en una operación que tendría como resultado la destrucción de un estadio construido con los ahorros de decenas de miles de atléticos, para irnos a un estadio de atletismo que nos costaría dinero construir y de cuya propiedad no seríamos titulares en varios años en el mejor de los casos, cuya titularidad además no incluiría los terrenos en los que se asienta, equivale a poner en riesgo la supervivencia a medio plazo del Atlético de Madrid.