Jugó el Atleti un domingo pensando en un jueves y en el jueves anterior como preludio a un día de Mayo que previsiblemente sea un miércoles, sin darse cuenta de que los domingos se juegan cosas muy importantes que no se solucionan de un día para otro.
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Jugaba primero Irlanda, vigente campeón y equipo del que suscribe, y lo hacía en casa contra Italia. Italia, la sexta nación por obra y gracia del poderoso caballero, solía jugar al balón prisionero en el recreo con Rumanía, España y Portugal pero desde hace unos años alterna con los mayores del instituto. Italia, normalmente convidada de piedra, va mejorando y planta cara a ciertos rivales gracias a algunos argentinos de pasado calabrés, a algunos neozelandeses amantes de los gnocchi y a la progresión más que palpable de los suyos. Aún con el mérito que tiene que los italianos se la jueguen contra las potencias del V Naciones, su mejoría no fue suficiente para hacer sombra a Irlanda, quien ganó cómoda su primer partido. Irlanda y su generación de oro, la que parecía que pasaría a la historia por no ganar nada pese a su calidad, vuelve a ser favorita y esto les puede extrañar. Parecía que el Grand Slam del año pasado sería la excusa para que algunos de sus históricos (O'Connel, O'Gara, O'Driscoll) se relajaran un poco y pensaran en sestear en Benidorm una vez hechos los deberes históricos. Pero Irlanda ha dejado claro en los test matches de este año que han aprendido de los triunfos, que están cómodos en su papel de ganadores y que siguen con ganas de baile y de repetir título. Dos grandes problemas tienen, eso sí, en forma de salidas a París y Londres, la primera el sábado que viene a las 17.30, al parecer justo después del España - Rusia que se jugará en el Central de la Complutense (a confirmar).

Jugó luego Inglaterra contra Gales en un partido que conmemoraba el centenario de Twikenham. El partido debería haber sido obligatorio para el gremio de diseñadores de camisetas deportivas, a quien el que suscribe habría concentrado en pleno, agrupados todos en un gran cine con un señor con un palo largo apuntando a las camisetas inglesas en la pantalla. Miren, miren, no es tan difícil hacer una camiseta preciosa, déjense de tramas, déjense de cuellos raros, déjense de rayos cruzapechos y mangas de otros colores, déjense de camisetas lilas y déjense de zarandajas: miren, miren, una camiseta blanca pero poco blanca, con cuello y una rosa en el pecho. Hasta el patrocinador ha entendido que su logo no haría más que ensuciar el momento y lo ha dejado de color paliducho, que es más mono. En fin. Ganó Inglaterra la mar de bien vestida y lo hizo con holgura en el marcador, que no en el campo. 30-17 ganó Inglaterra, pero no con la comodidad que los fríos números sugieren. Inglaterra ganó porque Wilkinson no falla y porque los galeses sí fallaron. Falló Stephen Jones un pase que asesinó la remontada, pero estas cosas pasan y estos fallos, duros de encajar, forman parte del juego. El problema fue que antes falló Alun Wyn Jones con una patada a la rodilla de un rival que ni Vinnie Jones, oiga. Sin Bin para el infractor, Gales con uno menos e Inglaterra que aprovechaba la situación para pasar del 3-3 as 20-3. 17 puntos le costó a Gales una acción absurda que, según el culpable ha reconocido, le tiene sin poder pegar ojo desde el sábado. Algo es algo.
Jugó Francia en Escocia y ganó, y lo hizo bien. Francia enseñó un equipo con algunos elementos de esos que se llaman de rugby moderno, ese en el que los centros pesan lo que los piliers, los terceras corren como los alas y los alas miden lo que los segundas. Entre todos destaca Bastareaud, un centro con hechuras de delantero, cierto aire a un amigo de Peter Griffin y afición a echar las culpas a otros cuando se cae borracho por los hoteles. Dos veces ensayó Bastareaud y otras tantas quedó en evidencia la línea escocesa, frecuentemente descolocada y con menos efectivos cuando se trataba de defender a los franceses. Francia jugó cómoda, casi siempre en terreno rival, y Escocia se mostró impotente para imponerse en delantera, imprecisa y poco suelta en el juego a la mano, casi inédito, dejando dudas en cuanto a sus posibilidades este año. Escocia juega en Italia este año y de ese partido quizás dependa que aumente su menaje de cocina. Esperemos que no.
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Iba el Atleti a Santander tras hacer uno de los mejores partidos del año, que además le permitía pensar que la Copa puede ser una forma de maquillar las carencias de la plantilla y la institución; son estas cosas que tienen los sorteos: en un año en el que se merece el equipo más bien poco, quizás esté más cerca que nunca en los últimos años de disputar un título. El Atleti ganó al Racing 4-0 el jueves pasado y le pudo meter algún otro y no debió marcarle uno de penalti, que no fue. El Atleti, equipo al que no entiende ni el más experimentado de sus seguidores viejos ni el más sagaz de sus seguidores nuevos ni el más clarividente de los científicos, mentalistas, quiromantes, druidas, espiritistas, programadores en cobol o peritos industriales que inundan las gradas del Calderón, puede meterse en la final de copa tras eliminar a un Segunda B, dos Segundas y un Primera de la honrada clase media. Si además el rival es un equipo de Champions, como parece, se meterá en lo que era la Copa de la UEFA por la gatera y aprovechando que el dueño de la casa ha salido un momentito a sacar la basura. El fútbol tiene estas cosas y esta vez son bienvenidas dado que el equipo tiene necesidad urgente no ya de un título, sino de darle una alegría a la gente. Y la gente del Atleti, con la que está cayendo, no necesita únicamente un título de relumbrón sino que necesita una razón para tomar aliento, que no es poco: un día de final de Copa del Rey.
El día de la final de la Copa del Rey, que era algo de lo que disfrutábamos antes con relativa frecuencia, es el día más bonito del año cuando lo juega tu equipo. Ese día uno se ve con los amigos de siempre y con los que hace tiempo que no ve, se va en coche o en tren o en autobús a una ciudad lejos de Madrid o si es en Madrid se va desde primera hora a un barrio que no es el suyo a hacer un censo de tabernas y tascas. Ese día uno lleva la bufanda que le regaló su madre y la camiseta de rayas rojiblancas que compró aquel día. Lleva también los calzoncillos talismán, los calcetines de la suerte, los zapatos que del día del doblete, la gorra que intercambió en un viaje a Anfield, el reloj parado con propiedades milagrosas que llevaba a los exámenes, el paraguas que siempre lleva consigo a los toros para que no llueva, la bicicleta con la que ganó a su primo por primera vez, la pamela que llevó su abuela en la boda de la vecina que pensaron que se quedaría siempre soltera por ser muy alta y tener la voz de pito, el estandarte de la banda de tambores y cornetas de la Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación - de la que es bombo mayor -, un pelo del peine de Ayala que compró en un anticuario, dos cromos de Arteche para los bolsillos de la camisa, una foto oficial plastificada de la plantilla del año de la final de Copa de Europa, un calendario con el escudo del Atleti de la prestigiosa empresa Desatrancos Medina, un perro ratonero-bodeguero con super poderes y camiseta de Torres y un burro porta equipaje con camiseta del Pato Sosa, una carraca que llevaba su abuelo al Metropolitano, las gafas de ver que llevaba su padre el día que pronunció la famosa frase "menudo gol acaba de meter el Vieri ese", el pomo de la puerta del vestuario del campo de O'Donnell, un cuadro que representa a los doce apóstoles con la cara de los titulares del equipo del Doblete más Antic en tamaño natural y, naturalmente, un paquetito de kleenex, un plano de la ciudad anfitriona, el número de los taxis locales grabado en el móvil y dos juegos de llaves del coche, por si se pierden unas tras los abrazos del primer gol. La final de Copa es así, es el día más alegre del año y por tanto la afición lo espera como agua de Mayo y los dedos cruzados para que el equipo no haga eso tan suyo de pifiarla en mal momento.
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Salió el Atleti al Sardinero y le recibieron de uñas y a voces. El fútbol tiene estas cosas, ya saben, y como la afición del Racing consideraba, y con razón, que en el partido de ida de Copa el árbitro estuvo mal, le montó un lío al Atleti ya de salida. Estas cosas, que ya vemos naturales, no dejan de ser sorprendentes, tan sorprendentes como que ante la Casa de Cantabria de Madrid, sita cerca del Retiro, se manifestara el viajero recién llegado al que la Guardia Civil multó con 300 Euros y dos puntos del carnet a su paso por Entrambasaguas, Cillórigo de Liébana, Piélagos, Colsa o Correpoco, estos dos últimos pueblos vecinos y bendición del aficionado al chiste fácil. Pero así es el fútbol, oiga, y ya a nadie le extraña que se use cualquier motivo para enfadarse una barbaridad con el visitante y proferir insultos graves, amenazas de muerte y desafíos en la calle así, en público; total, todo el mundo sabe que luego estos señores tan enfadados en cuanto el árbitro pita el final cierran el paraguas, recogen la almohadilla y se van a su casa, le dan un beso a su esposa, cenan una tortilla francesa y una pera y se van a la cama hasta el día después para seguir con su respetable vida, y aquí paz y después gloria.
Salió el Atleti con tres centrocampistas y la afición entera sacaba pecho y respiraba hondo y decía, já, a buenas horas, a mi Quique me lee el pensamiento o quizás algo más, vamos, si esto llevaba yo tiempo diciéndolo, este tío no tiene ni idea y menos mal que me ha hecho caso. Hizo Quique lo que casi cualquiera veía como lógico, al menos para hacer pruebas, y salió en efecto Assunção con Tiago y con Raúl García en el centro, con Simão, Jurado y Forlán más adelante. Salió eso sí con un trivote que resultó no serlo, con Raúl García de interior, menos centrado de lo esperado tanto en lo geométrico como en lo deportivo. Quique optó por cambiar de esquema de una vez y abandonar los postulados aguirristas, o más bien adoptando la solución que Aguirre utilizó con éxito en varios partidos a costa de que le pusieran fama de cobardica y mediocre. Quique dejó en el banquillo a Agüero, que a día de hoy es como dejar en el banquillo a cuatro o cinco del resto de jugadores, e insistió con Jurado y Perea.
Volvió a jugar Jurado arropado atrás y en lo que viene siendo su famosa posición natural. La famosa posición natural de Jurado viene siendo ya comparable a la probada eficacia de los fondos de Madoff o al secuestro de Bartolín: un timo. Jurado, que, qué cosas, ayer jugó un poco menos mal que otras veces, aporta al equipo aproximadamente lo mismo que Indy y, aún así, es titular indiscutible, es el jugador que más minutos lleva jugados este año y goza del privilegio de cambiar todo el esquema del equipo con tal de tener cabida. Jurado, que piensa sobre todo en él cuando recibe el balón, tiene la suerte o el misterioso ascendente de contar con prebendas que a otros se les niegan. Esto no es probablemente culpa suya, y Jurado se limita a intentar aprovechar, sin éxito, las continuas oportunidades que se le ofrecen gracias a partidos insustanciales en los que dos controles de exterior que acaban en fuera de banda, un regate con eléctrico movimiento de tobillo que termina en contraataque rival y un par de apariciones frente al tiro de cámara a duras penas compensan su poca aportación defensiva y sus famosas pérdidas de balón, las pérdidas de balón naturales de Jurado. Por qué sigue Jurado siendo titular y teniendo tantos minutos puede explicarse por su sorprendente predicamento entre la prensa, porque Quique haya visto algo que el resto de mortales no alcanzamos a entender o porque no hay más cera de la que arde y Jurado, con sus limitaciones y su juego desesperante, es un recurso necesario en una plantilla con hechuras de rape: fea, mal hecha, con cabeza desproporcionada, cuerpo chato y cola enclenque.
En el centro del campo jugaron Assunção, indiscutible a día de hoy, y Tiago. Tiago ha llegado hace poco y se ha hecho un hueco sin demasiada dificultad, algo que dice poco de sus rivales de puesto. Tiago ha sido hasta ahora una buena noticia y una mejora sobre lo que había. Tiago se enseña, intenta cosas nuevas, se tira al suelo a rebañar balones y recuperarlos, va bien de cabeza y llega al área rival. Grita, manda, coloca a los compañeros, se mete en fregados cuando los rivales están pesaditos; ayer fue especialmente necesario su papel de mediador autoritario viendo las malas pulgas que gasta Munitis, enfadado con el mundo no sabemos si por medir menos de lo que le gustaría, por tener menos pelo de lo que le gustaría o tener apellido de inflamación articular en vez de apellidarse Giráldez, Avellaneda o Fanjul, que es lo que de verdad le gustaría. Tiago también se juega las amarillas y hasta un penalti que, de no ser por el felino salto del nuevo ídolo del mundo entero, Canales, el árbitro pita seguro. Tiago apunta buenas maneras aunque aún le falta demostrar que puede imprimirle al centro del campo su impronta, que no estaría de más.
El tercer elemento de la línea media fue Raúl García. Parecía que el Atleti salía con un trivote pero Raúl García jugó casi de interior, aparentemente con órdenes de subir la banda o al menos de no acercarse mucho al centro para no estorbar a los otros dos. Raúl estuvo como acostumbra en lo relativo al despliegue físico y la disciplina táctica: bien. No obstante, se le notó incómodo hasta la desesperación jugando pegado a la cal, miedoso y especialmente torpe en sus combinaciones con Ujfalusi, con quien falló varios pases cortos consecutivos para desesperación de sus defensores. En un partido en el que el Racing adelantó la defensa, algunos esperábamos ver al Raúl de pase largo de Valladolid y nos quedamos con la sensación de haber visto al Raúl al que tan difícil es defender a veces.
El último nombre propio del partido no es De Gea, a pesar de haber hecho otro buen partido, con intervenciones de mérito y poco que hacer en el gol. También hizo una salida algo suicida frente a Tchité en la que se debió llevar una roja poco evitable, todo sea dicho, pero continúa pesando más la tranquilidad que transmite a defensa y grada y su buena colocación y facilidad para blocar balones lejanos que sus fallos puntuales. Tampoco es Forlán, quien volvió a jugar así de manera medianeja pero lleva a lo tonto 9 goles en liga incluyendo el que metió ayer con suspense incorporado, lance en el que terminó enredado en la red como si fuera un atún. No será Simão, autor de un excelente pase al primer toque en el gol del Atleti, ni será Domínguez, de quien decir que estuvo bien ya no es noticia. El último nombre propio, una vez más, otra vez por lo mismo, es Perea.
Perea alterna este año sus tradicionales cortes a la carrera con pifias históricas, controles dignos de un ánade bisojo con intervenciones providenciales. Perea, a quien se silba en el Calderón como viene siendo ya costumbre, fue ayer Perea al 100%; primero empañó un buen partido con un fallo garrafal que dejó el gol en bandeja a Colsa, entonado por cierto toda la noche; luego salvó un gol cantado gracias a un sprint olímpico y un toquecito sutil que mandó el balón al palo. Perea, en esta temporada tan irregular y con tan graves consecuencias para el equipo, es indiscutible para el entrenador. Y además lo es como central, apartando al lateral derecho al jugador que parece más indicado para hacer pareja con Domínguez. El por qué ocurre esto es algo que el entrenador, y no Perea, debería explicar; sería demasiado pedir a Perea que le dijera al entrenador hombre, Míster, no me saque a mi, saque a Mengano que es mejor que yo; además a mi la gente me chilla y me molesta oírlo, como a Seitaridis, mejor saque al argentino este calvo que es un pedazo de pan y no se mete con nadie ni se queja nunca, oiga. Perea, además, ha hecho gala de humildad y buen fondo en un par de entrevistas en la prensa en la que se ha mostrado sincero, ha asumido sus errores, ha reconocido sus limitaciones y no ha echado la culpa a nadie más que a él con una hombría poco común en estos tiempos de fútbol, casi inédita desde la rueda de prensa de Molina tras la pifia ante Noruega; esto, como bien saben los sufridos lectores de estos bloques de hormigón, a uno le llega mucho. Porque uno piensa que los malos jugadores, cuando hacen todo lo que pueden y se dejan la piel, merecen al menos el respeto de la grada y que la bronca sea para aquél que les saca al campo a lidiar con los elementos a sabiendas de que, en caso de pifia, la naturaleza del jugador le llevará a sufrir la situación en silencio sin señalar con el dedo a otros. Y uno piensa también que el que no merece el respeto es quien hace sólo lo que le gusta cuando le apetece, el que piensa en él y no en el resto, el que es inmune al sufrimiento de la grada porque su único interés es el cheque de fin de mes y el que señala presto al vecino, al empedrado, a la conjunción astral o a un error en el calendario zaragozano para evitar la crítica y reconocer el error propio. Pero esto, ya saben Vds, no es común ya en la grada del Manzanares, qué pena más grande, oigan.
El Atleti se juega el jueves llegar a la final de Copa y, con ello, la posibilidad de ganar un título y de entrar en Europa incluso si se hace mal en liga. El Atleti ha jugado en Copa como debería hacerlo el Atleti, aunque sólo cuando la ocasión lo ha requerido: en la vuelta contra el Recre, en la vuelta contra el Celta, en la ida contra el Racing. El Atleti, cosas que tiene este equipo, da la sensación de conformarse con hacerlo bien en Copa, dejando a un lado la Liga. Los domingos el Atleti es tristón y descafeinado, juega sin gas como la casera agitada. Cree que la Liga no es lo suyo, cree que con la Copa basta. No cierra los partidos, piensa en el jueves que viene, no piensa en los poquitos puntos que tiene ni en que el abismo se abre bajo sus pies a unos pocos metros de distancia. Parece convivir sin bochorno con el hecho de estar en la mitad de abajo de la tabla, cree que la vida termina en la Copa. Quizás sea algo pasajero, quizás quiera asegurarse la posibilidad de disputarse un título a un partido, la única forma en que parece que sea capaz de conseguirlo. Quizás tenga claro que, una vez llegado a la final, la vida vuelve a la normalidad y que hay que jugar cada partido con la importancia que tiene. Quizás sea eso, quizás. Eso esperamos.
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